Los terremotos no solo derrumban edificios. También dejan al descubierto las sociedades.
La tragedia que acaba de golpearnos mostró algo reconfortante en medio del horror. Antes de terminar de temblar, Colombia estaba reaccionando. Bomberos, rescatistas, médicos, Policía, Ejército, empresarios, organizaciones sociales y ciudadanos comunes comenzaron a moverse. Unos buscan sobrevivientes; otros llevan alimentos, prestan maquinaria, abren albergues o buscan cómo ayudar. Profundamente conmovidos por el sufrimiento y las pérdidas humanas todos estamos resueltos a reconstruir.
Hace pocas semanas otro terremoto devastó Venezuela. Allí también surgió la solidaridad espontánea de miles de ciudadanos. Pero apareció una diferencia dramática: mientras la sociedad intentaba reaccionar, un Estado gigantesco, controlador y desconfiado llegó tarde, puso obstáculos y pretendió reservarse el derecho de ayudar. La gente le rogaba a los militares que dejaran las armas y tomaran las palas. No es una diferencia genética. Es el resultado de modelos de sociedad.
Durante casi tres décadas, el socialismo venezolano convirtió al Estado en dueño, empresario, benefactor, empleador y dispensador de favores. Destruyó empresas, persiguió la iniciativa privada y acostumbró a millones a esperar que desde arriba llegaran las soluciones. Al final consiguió la peor combinación: un ciudadano empobrecido y un Estado omnipotente para mandar, pero impotente para resolver.
Colombia estuvo peligrosamente enamorada de esa receta. Nos hablaron durante cuatro años de un Estado que debía controlar la salud, las pensiones, la energía, la tierra y cada vez más rincones de nuestra vida. Por fortuna, debajo del discurso sobrevivió un país distinto: millones de personas que trabajan, producen, emprenden y, cuando ocurre una tragedia, no esperan instrucciones para ayudar. En medio del horror, la fortuna de no tener un inepto diletante dirigiendo el esfuerzo. Qué alivio sería que no le hagan más resonancia a las bestialidades que sigue produciendo.
Quizás las ruinas nos dejen una lección. Un país no se construye esperando un Mesías que haga todo. Se construye con ciudadanos capaces de levantarse, ayudarse entre ellos y con un Estado que proteja en lugar de estorbar. Entre tanta desgracia, comprobar la reciedumbre y capacidad solidaria de un pueblo, permite ver el futuro con esperanza.