¿Cómo les fue? Es la pregunta del momento, y las respuestas son múltiples, reacciones inesperadas; creí que me iba a tragar la tierra. Desde el piso 16 con la gobernadora y su gabinete, solo pensaba en mi hijo. ¿Estaría bien? Salí corriendo a ver si mi madre estaba viva y, cuando vi el edificio colapsado, busqué donde pude cuando la vi a ella con su tablet y su bolso, muda del susto. Nos abrazamos; estábamos vivas. Algunos no tuvieron la misma suerte.

Poco a poco se siente el impacto del daño. No hay salas de concierto aún abiertas y la Orquesta Filarmónica debe dar sus conciertos en las pocas iglesias que no fueron afectadas. Los 90 años del Liceo Benalcázar se pospusieron hasta el próximo año; las pérdidas económicas afectan a los padres de los estudiantes y los bolsillos de las exalumnas. Algunos niños quedaron empobrecidos y sin casa y no tienen cómo pagar el colegio. Los hospitales están repletos y las urgencias, horas de espera para ser atendidos en corredores y salones externos. Algunas calles están cerradas y, para llegar a los pocos edificios que aún son habitables en la zona del desastre, hay que pasar por el dolor de las víctimas. Ver edificaciones, otrora modernos edificios, hoy lotes de escombros.

Se estima que más de 21.000 familias se han quedado sin casa o habitan inmuebles no habitables en el departamento del Valle. La reconstrucción no espera, ¿pero los recursos? Si bien es cierto que llegan ayudas de muchos ámbitos, ¿cómo se canalizan? ¿Es la reconstrucción hacia arriba en edificios de apartamentos? O la hacemos en ecoaldeas urbanas y rurales con la figura del condominio, sembradas de árboles frutales de este trópico tan prolifero, con huertas y casas productivas desde donde se puedan cuidar los niños, sin necesidad de salir a trabajar, o ecoaldeas inteligentes con energía solar donde la gente trabaje virtual. Qué rico cambiar la calidad de vida del cemento, el ladrillo, las vías congestionadas, la contaminación ambiental, el calor abrumador, el estrés del tráfico, de los accidentes de motos por una vida más sana para un futuro mejor.

¿Materiales de construcción? Ya los tenemos. Los inventó nuestro conciudadano Alejandro Salazar: paneles de escombros molidos, sismos resistentes, que cumplen con todas las normas de construcción como en la ecoaldea Nashira y se arman como legos. Tendrán corrientes de aire refrescante y, bajo la sombra de mangos, guayabos, zapotes y chirimoyos, podremos soñar con la abundancia en vez de la escasez. Aprenderemos a sembrar nuestras hortalizas orgánicas y en las noches estrelladas de luna llena le cantaremos a la madre naturaleza, en agradecimiento por su abundancia.

Es el momento para que el sismo haga del Valle del Cauca el sitio para replicar dos mil cien ecoaldeas de 100 viviendas cada una, en un área de 5 hectáreas con zonas comunes productivas y, si los señores lo permiten, que sean a nombre de ellas, las mujeres, pues la paternidad es un acto de fe.