Los muchachos de mi generación éramos admiradores de la Revolución cubana y de sus comandantes Fidel Castro y Ernesto Che Guevara, a quienes elevamos a la categoría de héroes de la libertad por haber combatido en la Sierra Maestra contra la dictadura de Fulgencio Batista, un secuaz de la mafia norteamericana que se había apoderado de la isla, con todas las empresas bajo su control, empezando por las que producían el azúcar. En enero de 1960, Castro y sus compañeros entraron en triunfo a La Habana, el dictador huyó y se instauró el nuevo régimen.

Un año después, el mítico jefe, en discurso pronunciado en la Plaza de la Revolución, dijo que Cuba se convertiría desde ese momento en Estado socialista, y que empezaría un programa de expropiaciones con el fin de nacionalizar todas las compañías de origen extranjero, la mayoría norteamericanas.

La segunda figura del régimen era el argentino Guevara, que fue designado director del Banco Nacional, y por eso su firma aparece en los billetes emitidos en esa época. Pienso que este aventurero gaucho tenía mayor reconocimiento, tanto en Cuba como en el extranjero, que el mismo Castro. Años después, este lo convenció de que había que llevar la revolución al resto de América Latina, y allí inició el viaje a Bolivia, en cuyas montañas el presidente boliviano René Barrientos armó un operativo que culminó con el asesinato del valiente Guevara.

El hecho de convertir la isla en enclave comunista despertó el temor de los estadounidenses, y el presidente John F. Kennedy autorizó la creación de un comando que la invadiera, saliendo de Nicaragua y desembarcando en Bahía de Cochinos, en donde fueron recibidos por el ejército castrista, que en pocos días salió triunfante de la intentona gringa, y elevados los niveles de admiración tanto por Fidel como por el Che.

Por esa derrota, Estados Unidos se convirtió en enemigo acérrimo del régimen castrista. Resolvió decretar el embargo para bloquear económicamente a la isla, y la CIA organizó diversos atentados para asesinar a Castro, todos fallidos por el excelente servicio de inteligencia que con la ayuda de la Unión Soviética se había instalado.

En octubre de 1962, el embajador de Estados Unidos ante la ONU, Adlai Stevenson, mostró en una sesión de la asamblea las fotografías de los misiles soviéticos con cabezas nucleares instalados en Cuba, a solo 90 millas de Miami. El mundo entró en pánico por la posibilidad de la III Guerra Mundial.

Kennedy logró lo que todos creímos imposible: convencer al primer ministro soviético que levantara los misiles, a cambio de que Estados Unidos hiciera lo mismo con los suyos, emplazados en Turquía. Si mi memoria no me falla, Estados Unidos se comprometió por escrito a que jamás intentaría una nueva invasión a la bella isla caribeña.

Visto lo sucedido en Venezuela, es bien posible que el presidente Trump resuelva derrocar al gobierno que preside Miguel Díaz-Canel e imponer como gobernador a Marco Rubio, hijo de padres cubanos, y hoy mano derecha del singular mandatario gringo.

Eso no será fácil porque los cubanos ya no son los mismos de tiempos de Batista, pues han vivido 66 años bajo las órdenes del gobierno socialista, y a pesar de todas las necesidades que han sufrido, están dispuestos a defender lo que ellos consideran su derecho a la libre determinación. Ojalá no me toque ver esa tragedia.