La primera medalla de oro que ganó Colombia en los Juegos Panamericanos se la robaron. Sucedió hace unos cinco años, cuando un hombre armado con un revólver entró a la casa de Jaime Aparicio, el atleta caleño que logró aquella gesta el 28 de febrero de 1951, en Buenos Aires.
Cuando Jaime me contó la historia del robo, no lo podía creer. Lo más probable es que el ladrón no tuviera la más remota idea del valor histórico para Cali y para el país de lo que se estaba llevando. Simplemente abrió cuanto cajón encontró y tomó lo que pudo.
Además, aunque Jaime ganó el primer oro para Colombia en la historia de los Juegos, la medalla que le entregaron era bastante modesta. Decía ‘I Juegos Panamericanos, Buenos Aires, Argentina, primer puesto’, y no estaba fabricada en oro.
Era la Argentina gobernada por Juan Domingo Perón, una nación que comenzaba a sufrir una crisis económica severa y una enorme tensión política, por lo que organizó los Juegos con dificultades. Seis meses después de finalizados los Panamericanos, incluso, miembros del Ejército, la Marina y la Aeronáutica, al mando del general retirado Benjamín Menéndez, intentaron derrocar a Perón, a quien acusaban de haber llevado a la nación a “una quiebra total”.
En todo caso, durante las justas deportivas, el mismo Perón y su esposa, Evita, firmaron y le entregaron a Jaime un diploma que lo acredita como campeón en atletismo de los 400 metros con vallas. A sus 92 años, recuerda con nitidez la hazaña.
Era un día caluroso en Buenos Aires. Llegó al estadio Monumental de River con la certeza de que no bajaba del tercer lugar. Ya había ganado la eliminatoria con los mismos tiempos de sus rivales más fuertes, el brasileño Wilson Gomes Carneiro, el estadounidense Donald Harderman y el chileno Reinaldo Martin, a quienes conocía después de leer sobre ellos en la revista El Gráfico que coleccionaba.
Eran días en los que a Colombia, deportivamente, la consideraban una pulga. La barrían todos los países del continente. Jaime viajó a los Juegos sin entrenador, por lo que antes de ubicarse en el carril número uno de la pista atlética del estadio, pensaba su táctica. Si corría muy duro al principio, se dijo, se iba a cansar rápido. Entonces determinó correr a un único paso, pero fuerte, “hasta que se acabe la gasolina”, y la gasolina no se acabó. Ganó con varios metros de ventaja sobre sus competidores. “No fue un triunfo de pechito”, dice mientras sostiene una fotografía suya a blanco y negro cruzando la meta.
Cuando llegó a Cali, una máquina de bomberos lo llevó desde la Fuerza Aérea hasta su casa, mientras la ciudad lo ovacionaba. Los dirigentes deportivos que organizaron el desfile pretendían inspirar a otros jóvenes a practicar deporte, mostrar que un caleño que se alimenta de chontaduro y papa puede estar al mismo nivel o por encima de los atletas del resto del mundo, si entrena con persistencia. También buscaban desmontar una vieja idea que se tenía en los colegios y las universidades, cuando el que hacía deporte era llamado ‘vago’ por los profesores. A Jaime le ocurrió en varias ocasiones.
Veinte años después volvería a ser protagonista de los Panamericanos, solo que como dirigente. Jaime y su esposa Beatriz hicieron parte del grupo de caleños que se unieron para organizar un gran evento deportivo en días en los que Cali vivía momentos similares a los actuales.
Era una ciudad decaída que requería algo que llamaron ‘mística’, y pronto, desde el alcalde, los estudiantes, los obreros, los periodistas, los taxistas, se dedicaron a ese propósito común de hacer los mejores Juegos Panamericanos de la historia. Se construyeron los escenarios deportivos, el Hotel Intercontinental, las vías y se transformó la cultura: la gente hacía fila para coger el bus y los taxistas les abrían la puerta a sus pasajeros.
50 años después, dice Jaime, es necesario volver a hacerlo. Le da tristeza ver las noticias de una ciudad que se está lanzando piedras. Los próximos Juegos Panamericanos Junior deben ser la oportunidad para que Cali se una por el bienestar de cada caleño y por recuperar la ciudad. Que devuelvan la primera medalla de oro de Colombia en la historia de los Juegos podría ser un símbolo de una sociedad que empieza a levantarse.