La mayoría de nosotros observamos a quienes han logrado triunfar, líderes políticos, empresarios, artistas, músicos, actores, y usamos palabras para definirlos como genios o talentosos. Sin embargo, tener éxito no es ganar un premio inscrito en la ‘lotería’ del ADN, sino alcanzar metas personales. Se trata de tomar decisiones inteligentes, emplear estrategias adecuadas y entrar en acción.
Las personas exitosas se caracterizan por fijarse objetivos específicos y aprovechar las oportunidades que se les presentan. No obstante, alcanzar esas metas implica enfrentarse a contratiempos. El éxito está frecuentemente sobrevalorado y conlleva controversias significativas relacionadas con la salud mental, la definición personal del triunfo y el impacto del individualismo.
A menudo, la búsqueda obsesiva de logros genera adicción a la adrenalina, ansiedad, depresión y dependencia emocional, convirtiendo la vida en una lucha inagotable. También se cuestiona la idea de que el éxito se basa únicamente en el esfuerzo propio, ignorando factores como la suerte, el entorno, el apoyo de otros y las desigualdades estructurales, lo que invita a una visión más humilde y colectiva.
La presión que recae sobre quienes aspiran a ‘ganar’ puede generar envidia y ansiedad. Se ha argumentado que querer ser el mejor a toda costa puede conducir a una vida dura, a la pérdida de la libertad personal y a la imposibilidad de vivir auténticamente.
En contraparte, algunos autores sostienen que el éxito no debe negarse, sino redefinirse, para que su búsqueda sea una decisión personal y no una imposición social que derive en desajustes emocionales. He expresado en varias ocasiones que muchas personas que creen haber alcanzado el éxito se tornan antipáticas, arrogantes y prepotentes; coloquialmente se dice que “se les suben los humos”. Con ello pierden virtudes esenciales del ser humano: la tolerancia y el respeto hacia sus semejantes.
Para mí, ser exitoso es diferente: es tener una buena familia, amar y ser amado; contar con un trabajo interesante que se disfrute y sea bien remunerado; tener una casa, hijos o nietos y pocos, pero buenos amigos. Aunque no seamos grandes artistas, políticos o escritores, si aceptáramos esta visión sencilla, seríamos más sabios y viviríamos más felices. Nunca perderíamos la esperanza de vivir en un país mejor, con libertad y justicia.
Algunas personas creen que esta postura es conformista. Sin embargo, lo importante es dejar huella y ser útil a la sociedad, porque la sabiduría no implica acumular conocimiento, sino comprender con mesura, tener sentido de proporción y reconocer la realidad que vivimos.
Esa obsesión por ser el mejor y sobresalir a cualquier costo responde, en gran medida, a una educación cada vez más competitiva, a veces absurda, que nos inculca la idea de imponernos sobre los demás como sea, sin medir consecuencias y, en ocasiones, recurriendo a la violencia, la mentira o métodos carentes de ética para alcanzar un supuesto éxito.