Desde el 7 de agosto de 2022, los columnistas que nos ocupamos de temas políticos tuvimos a Gustavo Petro como personaje central de nuestros escritos. Juzgo que el 95 % de mis colegas no tuvieron idea distinta a la de despotricar de Petro, y pronosticar las desgracias que sobrevendrían a Colombia con un presidente “castrochavista”. En el otro 5 % se ubicó este servidor que veía en el nuevo gobierno un realizador de las ideas liberales que por tanto años ha defendido.

Los grandes medios de expresión no cejaron en su conato de cuestionar a Petro por lo que hacía y por lo que no hacía, por lo que decía y por lo que no decía, casi siempre recordando su viejo pasado guerrillero, sin considerar que el M-19 firmó la paz en el gobierno de Virgilio Barco, hace 40 años, y que fue fuerza decisoria en la Asamblea Nacional Constituyente, de la que surgió la Carta de 1991.

Columnistas consagrados no tenían otro objetivo que acusar al gobierno de todo lo que se les ocurría, sin fundamento alguno, pues Colombia no se convirtió en Venezuela, ni se limitaron las libertades, no hubo presos políticos, no se asiló ningún político en embajadas, no hubo censura a ningún medio de comunicación, y las embajadas no recibieron dirigente pidiéndoles asilo diplomático.

Ahora les ha dado por considerar que Abelardo de la Espriella es una butifarra compuesta por John F. Kennedy, Nelson Mandela y Gandhi, con alguna célula de Jesucristo. Tengo amigos que aseguran que el nuevo presidente traerá la felicidad para todos los colombianos pues se propone rehacer a Colombia, deshecha por el mal gobierno de izquierda.

Yo que tengo tantos calendarios encima no veo que la patria haya sufrido deterioro ni social, ni político, ni económico por el gobierno progresista. Es posible que no haya sido un régimen perfecto, pero por primera vez un presidente se acuerda de la inmensa masa desposeída e hizo lo que estuvo a su alcance para mejorar sus condiciones de vida. Nunca un presidente había tenido el valor de subir el salario mínimo vital al nivel que lo elevó Petro. Y nadie había osado a llevar ese mismo salario a todos los miembros de la Fuerza Pública, que de 300 mil pesos mensuales pasaron a 2 millones.

Estoy muy viejo para comerle cuento a don Abelardo. Me parece una insensatez que lleve su posesión fuera del Capitolio Nacional, sea en guarnición militar o en la catedral de Popayán. Una larga tradición exige que el presidente se posesione ante el Congreso en su sede natural que es el Capitolio Nacional en la Plaza de Bolívar de Bogotá. Cambiar de escenario es una fantochada que no dice bien del novel mandatario. Si insiste en hacerlo en guarnición militar -si los generales desconocen la orden de Petro- manda un mensaje al mundo de que Colombia es un país inviable en el que el presidente se tiene que posesionar protegido por las armas oficiales.

Tuve fe en que el presidente De la Espriella al ser investido con la banda tricolor ejecutaría un mandato de unidad nacional, en el que se respetara a la oposición, sin amenazar con destriparla, y sin insultar agresivamente a su antecesor. Lo que veo es un sujeto engreído, que está convencido de que en verdad es el salvador de la patria. Mi experiencia indica que habrá cuatro años convulsos y que el Pacto Histórico, que puso 12.708.000 votos en las urnas, ejercerá una veeduría severa sobre lo que se cocine en la Casa de Nariño.

Entonces, ¿qué haremos los columnistas sin Petro?