Recuerdo que, siendo joven, las palabra decencia y sus derivados decente e indecente, eran utilizadas por muchos (me incluyo) para discriminar o expresar prejuicios respecto de lo diferente. Indecente era quien no se vestía como debía, quien decía o hacía cosas que no eran bien recibidas por otros, o quien llevaba una vida de acuerdo con valores y principios que no eran compartidos. Había familias decentes e indecentes, lo mismo que personas, instituciones y tradiciones. Por lo general lo indecente terminaba siendo asociado con comportamientos transgresores de la moral y las buenas costumbres.

Sin embargo, la vida me ha enseñado que con reflexión y buenas lecturas es posible recuperar algunas palabras y dignificarlas. Hoy pienso que, si bien algunos discursos sobre la decencia pueden seguir siendo claramente excluyentes, vale la pena rescatar la decencia y entenderla como la expresión de sentimientos morales colectivos importantes para la vida social y política.

De eso me hizo caer en cuenta el libro ‘The Decent Society’ (1996) del filósofo judío Avishai Margalit, para quien la decencia de una sociedad no siempre va de la mano con su grado de desarrollo científico o cultural: puede haber sociedades altamente desarrolladas que también son radicalmente indecentes, como Alemania entre 1933 y 1945. En palabras de Margalit, “una sociedad decente es aquella cuyas instituciones no humillan a las personas”, y yo añado: cuyos políticos, en campaña o en el ejercicio del gobierno, no humillan a las personas.

Más aún: una sociedad decente no es lo mismo que una sociedad justa o una sociedad de derechos. La primera, inspirada por ejemplo en la filosofía política de John Rawls, se concentra en que los principios que la sustentan sean justos en sus concepción y aplicación, por ejemplo, para disminuir las inequidades sociales manifiestas; la segunda, propia de sistemas políticos estrictamente liberales, se la juega por las libertades y los derechos formales de las personas para promover la eficiencia y la productividad. Todo ello, sin embargo, queda atado al análisis racional, importante y necesario, pero que no valora suficientemente ese conjunto de variables y sentimientos compartidos que hace que personas y comunidades puedan sentirse humillados en la sociedad en la que viven.

Pienso en las personas víctimas del racismo, el sexismo, la intolerancia, la burla o cualquier otra forma de discriminación que nuestro lenguaje y cultura tienden a normalizar en la vida cotidiana. Una sociedad decente es aquella en la que ninguno de sus miembros tiene motivos para avergonzarse de lo que es o de su forma de entender y vivir la vida. Por eso la decencia puede llegar a convertirse en un evaluador de lo justo y en un correctivo de la ideología que hace de la libertad un mito abstracto que puede llegar a desentenderse de condiciones de vida humillantes.

El filósofo español Javier Gomá decía en una entrevista que la política debería ser entendida como la organización de la decencia. Hay países en los que la política parece ser una obscena puesta en escena de la indecencia, no solo por los escándalos de quienes gobiernan, sino por la progresiva normalización de la humillación a la que muchos están sometidos.

El origen y los mecanismos de la humillación no son tan evidentes. Con excepción del nazismo, que no sólo se propuso eliminar a los judíos sino humillarlos antes de eliminarlos, no hay muchos regímenes que se propongan humillar intencionalmente a otros. Aún así la humillación existe, y, quizás por ser más sutil que explícita o intencional, la humillación es mucho más común de lo que creemos. Estuvo presente en la destrucción genocida de Gaza y lo sigue estando en la forma como se persigue a inmigrantes en EE.UU (Johan Sebastián Durán Guerrero, 26 años, baleado frente a su familia por un agente del ICE el 13 de julio de 2026 en Biddeford, Maine, USA), pero también está presente en la forma como los gobernantes o candidatos de turno mienten, y en las palabras con las que se refieren a otros para ganar adeptos, votos o simpatías.

La decencia personal no tiene por qué reñir con la justicia o con la eficiencia de las estructuras sociales, económicas y políticas. Al contrario: estructuras sociales justas dan por puesto que quienes las gobiernas son personas decentes, esto es, personas que no admiten que nadie, en la sociedad que ellos lideran, pueda tener motivos para avergonzarse de lo que es, de lo que piensa o de lo que cree. Por eso la decencia de una sociedad nunca debe ser considerada un hecho dado. Es una construcción colectiva permanente. Seamos sinceros: tanto las personas como las sociedades podemos ser mucho más decentes de lo que somos.