No recuerdo que nadie llamara de manera diferente a Francisco Javier Murgueitio Restrepo, salvo Rodrigo Guerrero, que jocosamente le decía ‘El Ciego’. Para todos era simplemente ‘Pacho’. Así lo recordamos quienes tuvimos el honor de compartir con él su vida pública y, en el caso mío, el privilegio de su amistad y la de su familia, empezando por su viuda Luz Elena Bustamante, valiente en la vida y en la enfermedad, y sus maravillosos hijos; Juan Felipe ‘Pipe’ quien heredó su vena política y comunitaria, y Laura, quien heredó su vena social.

‘Pacho’ era una rareza de contrastes impactantes. Era un político que a la vieja usanza podía dar discursos que estremecían y ponían a vibrar multitudes. Pero acto seguido caminaba barrios y visitaba líderes en sus casas, saludando con nombre propio a cada miembro de la familia. De verdad le envidiaba su memoria prodigiosa. Y sí, de vez en cuando tenía mal genio e increpaba a alguien, pero si esa persona tenía una necesidad o sufría alguna calamidad, Pacho era el primero en estar ahí y ofrecer su apoyo. Por eso lo adoraban… porque se hacía matar por su gente si los veía víctimas de algún atropello. Y pasaba revista con llamadas frecuentes a todo su entorno… así vivía tan bien informado.

Clientelista hasta la médula y en el mejor sentido. Me explico: no desaprovechaba ningún espacio, sea con un empresario, un funcionario, un alcalde, un rector o un gerente de hospital, para recomendar a alguien para un tratamiento médico, una beca o un trabajo. Lo que se necesitara. Igual no permitía que quien lo ayudara dictaminara sus principios o proceder, incluso cuando sabía que le costaría puestos o poder. Nunca jamás su conciencia estuvo a merced del mejor postor.

Lo increíble es que sus dotes de operador político las acompañaba de una inmensa erudición sobre historia y filosofía política. Encarnaba mejor que ningún otro dirigente la doctrina social de la Iglesia que promulga por la construcción de una sociedad más justa y fraterna, fundamentada en el Evangelio y la dignidad humana. Pacho, que era devoto católico, no solo la pregonaba, sino que la vivía. Su capacidad para mantener diálogos permanentes con los más diversos sectores ideológicos lo llevaron a ser Alto Comisionado de Paz en Cali, demostrando su apertura de pensamiento.

Y así lo querían y admiraban empresarios, jefes políticos, la Curia, sus colegas en el Concejo y la Cámara de Representantes y el Senado, y uno que otro mamerto. Me impresionaba también su lealtad puesta a prueba en numerosas ocasiones, incluso cuando muchos le decíamos que no cediera espacios. Buscaba siempre la unión aun a costa propia.

Nos deja una impronta profunda a quienes compartimos con él victorias, derrotas, correrías, tarimas y el devenir del día a día de la política. Su sencillez y su capacidad de conversar y escuchar, desde el más encumbrado magnate hasta la dirigente comunitaria más humilde, es la lección de compromiso social más importante que haya podido tener. Y ver el vacío que aun siente su familia en su ausencia solo confirma lo buen padre, buen hijo y buen hermano que era. Pipe y Laura comparten anécdotas de la intimidad del hogar y de sus aficiones musicales, literarias y cineastas que dejan ver lo divertido, cariñoso e interesante que era como ser humano.

Hace un año se nos fue uno de los grandes vallecaucanos, quien con grandeza y liderazgo ejerció su trasegar en lo público. Pero también quien, con afecto y compromiso, transformó vidas y forjó movimientos con principios y lealtades que aun perduran en muchos corazones. Gracias, Pacho, por tanto amor y tanta enseñanza. Te recordaremos siempre.