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¿De verdad fue 50-50?
¿Ese empate retrata a un país enemigo de sí mismo, o retrata una noche de miedos y presiones que al día siguiente empiezan a evaporarse?
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25 de jun de 2026, 02:31 a. m.
Actualizado el 25 de jun de 2026, 02:31 a. m.
La frase llegó antes que el escrutinio. Apenas cerraron las urnas, alguien decretó que Colombia había quedado partida en dos mitades exactas, condenada a pelearse consigo misma durante cuatro años.
Suena contundente. Pero esa cuenta esconde una trampa: supone que todos los que votaron lo hicieron libres. Y esa no fue la Colombia que llegó a las urnas.
Hubo una Colombia que votó con un fusil cerca. Municipios enteros donde los grupos armados no son un rumor, sino el vecino que manda. Ya nos habían advertido que en buena parte del país votar no era del todo un acto libre, y aun así muchos se hicieron los sordos.
Y hubo otra Colombia, más callada, que votó con miedo de otra clase. El miedo del contratista que sabe que su renovación depende de quién gane. El del funcionario que hace cuentas no con su conciencia, sino con su nómina. El de la familia que vive del Estado y siente que perder la elección es perder el sustento.
Nadie sabe cuántos votos pesó ese miedo. Sería irresponsable inventarse una cifra. Pero sería ingenuo jurar que no existió.
Por eso la pregunta de fondo no es si De la Espriella ganó por poco. Ganó. Y Cepeda, esta semana, lo reconoció. La pregunta es otra: ¿ese empate retrata a un país enemigo de sí mismo, o retrata una noche de miedos y presiones que al día siguiente empiezan a evaporarse?
Una elección puede cerrar 50-50. Un gobierno no tiene por qué nacer 50-50.
Esa diferencia lo es todo. Porque el nuevo presidente no va a gobernar sobre la rabia del último día de campaña. Va a gobernar sobre un país cansado de la incertidumbre, golpeado por la inseguridad, lastimado en el bolsillo y con una sola súplica: orden, confianza, resultados.
La gobernabilidad no se cuenta en votos. Se gana en legitimidad, en liderazgo, en saber leer lo que la gente pide. Y muchos que no votaron por él van a querer que le vaya bien, porque ya aprendimos algo a las malas: cuando un gobierno fracasa, la cuenta no la paga el presidente. La pagamos todos.
Ahí está su verdadera oportunidad. No en negar que Colombia tiene heridas hondas, sino en construir algo que las urnas no entregan solas: una mayoría de gobierno distinta a la mayoría electoral. Una mayoría de seguridad, de empleo, de inversión, de instituciones respetadas.
Su reto será entender que ganar no alcanza. Tiene que convocar. Tiene que ordenar sin atropellar y liderar sin humillar. Tiene que desmontar el miedo, no cambiarlo por uno nuevo. Tiene que probar que la autoridad democrática puede ser firme y respetuosa al mismo tiempo.
Si lo hace bien, su gobierno no dependerá solo de quienes lo eligieron. Dependerá de millones que votaron distinto y que, en el fondo, quieren lo mismo: recuperar la calma, la autoridad del Estado, la confianza.
Colombia no necesita un presidente de una mitad contra la otra.
Necesita un presidente capaz de liberar al país del miedo.
Y de convertir esa libertad en gobierno.
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