Han pasado cincuenta años, y un poco más, desde mis recuerdos de un viaje al pasado por tus calles largas e interminables, donde el horizonte se pierde. Casas con balcones blancos, ventanales que rozan el suelo, techos de tejas rojas, mañanas frías, el viento helado que viene de las montañas a tu alrededor, el sol que se asoma en las primeras horas de la madrugada e irradia una luz blanca que ilumina plazas, rincones y callejuelas de una ciudad silenciosa, llena de edificaciones imperiales, portones de madera con aldabas de bronce. Voces que se oyen y se mezclan con aromas de flores que me recuerdan el trópico.
El silencio tenue, tenso, de sombras deslizantes, me hace detener en el centro del mítico parque Caldas, con sus palmeras gigantes y árboles frutales cuyos frutos caen sobre el pasto verde cubierto por el rocío de la mañana. Miro al frente el Café Alcázar, refugio de intelectuales y estudiantes, con mesas abarrotadas de personajes de la ciudad, lujosamente vestidos con sacos, corbatines, chalecos y corbatas que nunca había visto en otras ciudades. Hombres elegantes, vestidos como próceres; lugar de encuentro, de anécdotas y tertulias interminables. Por allí desfilaban políticos, padres de la patria, tinterillos, abogados prestigiosos y anónimos, magistrados, jueces, alcaldes, profesores universitarios, poetas y escritores —increíblemente y desafortunadamente desaparecido, un icono de la ciudad que debería volver a ocupar el sitio que fue histórico para todos los habitantes y visitantes de la vieja Popayán. Lo recordamos. Con cariño y nostalgia porque representa el espíritu tradicional de Popayán, de su cultura y sus ancestros.
Los recordamos con cariño y nostalgia, pues son representativos del espíritu tradicional de Popayán, de su cultura y de sus ancestros. En tu sueño habita el tiempo, lleno de largas historias y testigo imborrable de nuestra juventud, refugio de patriotas y forjadores de la patria.
¡Oh, Popayán de mis amores! Los que vivimos en tu alma y no tuvimos el privilegio de haber nacido en ti, pero sí el honor de convivir contigo, te llevamos en nuestro corazón con un recuerdo imborrable que ha marcado nuestro destino. Siempre has anidado en nuestro ser con bellos recuerdos y nostalgias que nos hacen vivir en ti.
Gracias, mi Popayán… Gracias, mi Popayán, porque de todas las ciudades que he transitado en el mundo, todas las noches y cada mañana, al despertarme, siento que me levanto en tu seno y doy gracias a la vida por haber vivido —y seguir viviendo por siempre— en tu alma.