Las enfermedades nos han acompañado siempre. La necesidad de hallar la manera de prevenirlas y tratarlas ha sido, a menudo, una cuestión de vida o muerte. A lo largo de los siglos se han probado muchas técnicas y se han realizado descubrimientos importantes, como las vacunas y los antibióticos, que han salvado millones de vidas.
En la prehistoria se recurría al saber tradicional, a los curanderos y a la magia. Gradualmente fueron emergiendo y evolucionando técnicas más razonables para curar las enfermedades. A finales del siglo V antes de Cristo, Hipócrates insistía en que la enfermedad tenía causas naturales y, por lo tanto, debían usarse remedios naturales.
El aporte del médico romano Claudio Galeno permitió grandes progresos en los conocimientos anatómicos y en un enfoque más científico de la medicina. Sin embargo, sostenía que las enfermedades se debían a un desequilibrio entre cuatro fluidos corporales o humores: sangre, bilis amarilla, flema y bilis negra. Esta noción persistió hasta el siglo XIX.
En la Edad Media, la medicina fue reconocida como materia de estudio académico y el Renacimiento favoreció el concepto de investigación. A finales del siglo XVI, Andrés Vesalio, considerado el padre de la anatomía, ofreció a sus alumnos una imagen exacta de la anatomía del cuerpo humano. Posteriormente, el médico inglés William Harvey, en 1628, demostró que el corazón era el órgano encargado de hacer circular la sangre, lo que constituyó un gran avance para el estudio dinámico de la circulación.
Paracelso insistió en que el cuerpo estaba compuesto por un sistema químico que podía tratarse con sustancias químicas. Otro hecho grandioso fue impulsado por el médico británico Edward Jenner, quien creó la vacuna contra la viruela en 1796.
Louis Pasteur impulsó la ciencia de la biología aplicada a la medicina y demostró la teoría microbiana de las enfermedades infecciosas. Esto generó la búsqueda del microbio responsable de cada enfermedad. El mayor hito lo dio el bacteriólogo escocés Alexander Fleming en 1928, con el descubrimiento de la penicilina. Por primera vez, los médicos tenían una herramienta eficaz para curar enfermedades infecciosas mortales, lo que también permitió el avance de los trasplantes de órganos, ya que antes muchos pacientes morían por infecciones.
En 1950 se descifró el código genético y se abrió una nueva luz para el desarrollo de tratamientos contra enfermedades genéticas, desarrollando nuevos métodos para combatirlas. También apareció la ingeniería biomédica, que aportó soluciones mediante técnicas quirúrgicas no invasivas, como la cirugía laparoscópica robótica, el implante de dispositivos como marcapasos y reemplazos articulares.
Los nuevos avances médicos, unidos a la investigación, han salvado más vidas que las pérdidas en todas las guerras de la historia, como afirmó el científico estadounidense Carl Sagan.
La medicina del siglo XXI es un derroche de fantasía y progreso, con el uso de tecnologías avanzadas como el láser, el cultivo de tejidos, la terapia génica, la tecnología de precisión en los exámenes de laboratorio y radiología, la regeneración de órganos mediante células madre, tratamientos oncológicos más eficaces, el uso de la biología molecular y la inmunología, la medicina nuclear y la tecnología apoyada por la inteligencia artificial. También se han desarrollado medicamentos más compatibles con el organismo humano, como la gama de insulinas, que ocupa un lugar muy importante en los pacientes diabéticos.
Amanecerá y veremos el triunfo del hombre sobre las enfermedades y la prolongación de la vida. Será necesario enfrentar al enemigo número uno de la salud pública: las pandemias. Pero no debemos olvidar que el enemigo sigue vivo y vigente. Tampoco debemos olvidar que la salud es un problema de todos, sin distingo de razas.
Es necesario dejar atrás el egoísmo y el egocentrismo de muchos gobernantes de turno, que toman la salud como un problema político. Hay que recordarles que la salud es una prioridad y un derecho inalienable; es decir, un derecho que no se puede enajenar, vender, ceder ni quitar, porque hace parte fundamental de los derechos humanos que no pueden ser negados ni renunciados.