En 1980 viajé por primera vez a México, en compañía de mis colegas y amigos Germán Valencia y Mario Jaramillo (Q.E.P.D.), ambos médicos muy cultos. Asistimos a un congreso internacional de urología, y fueron ellos quienes me llevaron a conocer los murales del pintor mexicano Diego Rivera, ubicados en las escaleras del Palacio Nacional. También visitamos el desaparecido Hotel del Prado, donde se encontraba el mítico mural “Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central”, hoy resguardado en el Museo Diego Rivera, luego de que el terremoto de 1985 destruyera el edificio.
En diciembre de 2025 regresé a Ciudad de México por séptima vez, acompañado de mis hijos Juan Pablo y Andrés, su esposa Clemencia y mis dos nietas. Me quedó la nostalgia de no haber podido visitar el Museo Dolores Olmedo, donde se alberga la mayor colección de obras de Rivera, cerrado desde hace varios años. Tampoco tuve tiempo para recorrer el Museo Diego Rivera en San Ángel. Sé que también existen murales suyos en el Palacio de Bellas Artes.
He leído varias biografías sobre Rivera; la más completa, sin duda, es la de Bertram Wolfe, quien fue su amigo durante más de 35 años. Cabe recordar que Rivera estuvo casado en dos ocasiones con Frida Kahlo. Su pintura, de una naturaleza expresiva y apasionante, lo convirtió en uno de los artistas más controvertidos y talentosos del siglo XX. Retrató un México rural, lleno de misterio y turbulencia, al que dio forma con una visión profundamente imaginativa.
Desde muy joven, Rivera viajó a España y luego a Francia, donde compartió con grandes pintores de su tiempo como Pablo Picasso, Amedeo Modigliani y Henri Matisse. Más tarde visitó Italia, donde estudió a los grandes muralistas del Renacimiento, experiencia que transformó para siempre su arte.
A su regreso a México, se afilió al Partido Comunista y, en 1930, viajó a Norteamérica junto a su joven esposa Frida, donde trabajó en importantes proyectos murales. Uno de ellos, en el Centro Rockefeller, generó una fuerte controversia internacional que lo obligó a regresar a su país.
Rivera fue un hombre pasional, con innumerables relaciones amorosas, lo que marcó una relación compleja con Frida, llevándolos a separarse y luego a casarse nuevamente. En su casa de San Ángel dio refugio a León Trotski, hecho que lo puso en el centro de la polémica en la sociedad mexicana y dentro del Partido Comunista, del cual posteriormente fue expulsado.
Es considerado el más grande muralista desde el Renacimiento, aunque también fue criticado por el uso del arte con fines políticos. Al morir, no era un hombre rico; fue apoyado económicamente por su amiga Dolores Olmedo. Falleció a causa de un devastador cáncer de pene, que lo marcó hasta el final de su vida.
Rivera dejó un legado inmenso, convirtiéndose en un ícono del arte mexicano. Su personalidad fuerte e indomable lo llevó a vivir bajo sus propias reglas. Fue un artista polifacético, cuya obra ha trascendido el tiempo, reflejando la misma exuberancia y fuerza que definieron su carácter. Para él, la pintura no solo fue su oficio, sino su gran pasión y el amor más profundo de su vida.