Columnista
Y mientras tanto, ¿a qué juega el gobierno De la Espriella?
Ningún gobierno se hace más popular peleando a diario con sectores moderados y de centro, que son los que al final del día inclinan la balanza a favor o en contra.
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26 de oct de 2026, 01:17 a. m.
Actualizado el 26 de oct de 2026, 01:18 a. m.
Cambiar a Rodrigo Lara por Alejandro Ordóñez en medio del segundo mes de gobierno, y justo en el ministerio donde se deben construir consensos y puentes, es una de las decisiones más desacertadas vistas en años en la política colombiana. Qué giro tan innecesario y qué rumbo de radicalismo tan equivocado el que insiste en profundizar un gobierno que aún no llega a sus primeros cien días.
La gran pregunta es qué busca el presidente De la Espriella con medidas como esta, que espantan a los votantes moderados y envalentonan el discurso de sus contrincantes en la izquierda. Desde el cierre de filas en la derecha, con la llegada de Alejandro Ordóñez e Ilva Myriam Hoyos a cargos ministeriales, hasta el acto de censura de más de 40 piezas exhibidas en el Museo Nacional, el presidente parece querer darle la razón a sus opositores que insisten en repetir que el gobierno estará liderado por las voces más extremistas de la derecha y que buscará quitarles derechos a distintas minorías.
Lejos de crear un ambiente de tranquilidad para todos los sectores, las decisiones del presidente De la Espriella en estos primeros dos meses de gobierno han alertado sobre un temprano giro hacia una orilla más radical que el gabinete conformado para el inicio del mandato. La presencia de voces liberales –que de por sí ya eran escasas– en el alto gobierno, como era el caso de Rodrigo Lara, mandaba un mensaje de tolerancia y de búsqueda de convergencia, especialmente a los partidos políticos y al Congreso. Sin embargo, todo indica que esta primera ronda la han ganado los más furibundos abelardistas, a quienes el presidente está oyendo más de la cuenta, pero que jamás serán suficientes por sí solos para convertirlo en un gobernante popular.
Lo que olvida esta administración –así como nunca lo entendió el expresidente Petro– es que la ciudadanía no quiere quedarse en divisiones y enfrentamientos eternos, ni está interesada en militar en las orillas más ortodoxas de la izquierda o la derecha. En ese sentido, los nombramientos en cargos tan importantes deben traer mensajes de esperanza y estabilidad al grueso de la población, así como armonía y garantías a todos los sectores políticos. Ningún gobierno se hace más popular peleando a diario con sectores moderados y de centro, que son los que al final del día inclinan la balanza a favor o en contra.
Sobre todo porque De la Espriella debe tener claro que se enfrenta a una de las oposiciones más implacables y que sus críticos, de manera abierta, reconocen que buscan convocar paros a nivel nacional. Es desconcertante la facilidad con que algunas de las voces más reconocidas del petrismo han cambiado de libreto en cuestión de horas: muchos duraron cuatro años repitiendo en el debate nacional que la oposición de la derecha no había dejado gobernar a Petro y que era víctima de un golpe blando. Hoy, el nuevo gobierno no lleva tres meses en el poder y desde el mismo petrismo que posaba de víctima ya se está proponiendo una “gran huelga nacional”. A eso es a lo que se enfrenta De la Espriella.
No se trata de temerle a un partido que busca desestabilizar y hacerle imposible la gobernabilidad al partido que recién ha llegado al poder, sino de evitar regalarle a diario nuevos ‘floreros de Llorente’ a sus críticos. Al ser un presidente que ganó con una diferencia tan corta en la segunda vuelta, De la Espriella no debería pensar cómo hacer felices a sus más radicales seguidores, que sin duda deben aplaudir medidas como la llegada de Ordóñez o la censura en el Museo Nacional, sino cómo mantiene el apoyo de más de tres millones de electores moderados que lo apoyaron solo por considerarlo menos malo que Cepeda.

Politólogo de la Universidad de los Andes con maestría en Política Latinoamericana de University College London. Es analista político para varias publicaciones nacionales e internacionales, y consultor en temas de política pública, paz y sostenibilidad.
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