En todas las culturas y religiones han brillado personas muy espirituales a las que se dan distintos nombres: místicos, maestros, seres de luz, hasidim, sufis, guías espirituales, senseis, rishis, etc.
Todos han tenido algo en común: han cultivado una relación de amor con Dios, lo han visto como su amado y lo han sentido siempre presente.
Algo que te está vedado si vives deslumbrado por lo material e hipnotizado por el poder, el placer o el poseer. No son malos, pero fácilmente te llevan a descuidar tu espíritu y tu ser.
En realidad, pocos humanos son conscientes de la amorosa y constante presencia de Dios.
Es una ‘presencia ausente’. Casi todos se ven como buenos creyentes, pero Dios aparece en la vida de la mayoría solo en tiempos aciagos, ante un sismo, un drama o una pesadilla existencial.
Se llama un ‘Dios bombero’, solo para las emergencias, o un dios para raticos del día. Es común ser religioso sin ser espiritual. Por lo mismo, es ‘normal’ rezar o ir al templo mientras se lleva una vida tibia o en la oscuridad y lejos del amor y de la luz.