El inmerecido homenaje del que fui víctima el pasado miércoles fue algo que no me esperaba.
¿Homenajearme a mí, por qué, si yo no he hecho nada más en mi vida que colaborar con causas a veces estériles, otras perdidas y la mayoría al servicio de la comunidad?
Con esta prevención acepté está propuesta de Funmúsica que con ocasión del lanzamiento de la versión 52 del Festival Mono Núñez me enaltecieron, repito, inmerecidamente, con una distinción por toda una vida dedicada a la promoción y divulgación de nuestra muy querida música colombiana.
A pesar de que siempre he creído que cuando a uno le hacen homenajes es porque ya está de salida, y siendo que mi suerte no ha sido más que hablar y escribir durante más de 60 años, bien en las páginas de El País y El Espectador, los programas Mario Fernando Piano y Oye Cali y, lógico, mi Agencia de Publicidad que hoy es la más antigua del occidente colombino, consideré pertinente que debía pergeñar algunas canciones en ese acto al que concurrieron casi 600 personas.
Armado de valor y con la tímida modestia que siempre me ha acompañado, acudí a esa cita que, francamente, rebasó todas mis expectativas.
Hubo previamente la presentación de cuatro artistas amigos: Katerine Muñoz, una voz juvenil maravillosa; mi sobrino del alma Andrés Felipe Mejía Prado (“Dejá la medicina, ve”), Raúl Fernández de Soto, biógrafo perverso de una que otra pilatuna, Jorge Hernán Baena -el pollo divino- y mi entrañable Beatrice Arellano, acompañados magistralmente por el grupo Entretiempo Ensamble que dirige María Isabel Mejía Gómez y que lo integran Daniela Vergara, Sebastián Álvarez, Darío Santos, Danny Díaz.
Sucede que esa tarde preparando mi columna para el Espectador me enteré más de lleno de la situación caótica de mi departamento del Cauca, tierra de mi madre y de María C y me invadió una encrucijada en el alma: por una parte, cientos de amigos alborozados y alegres cantando incluso en el teatro más importante de mi ciudad y por otra a menos de 30 kilómetros la guerrilla asesinando, colocando bombas y haciendo la vida imposible en un carretera que de Santander a Popayán no tiene más de 100 kilómetros.
Pero así y todo acudí a recibir la presea de la bandola de manos de Bernardo Mejía Tascón y Julián Peña Borrero.
Llegando el momento crucial para mí, ¿qué podía decir? Fue entonces cuando lancé la frase de que me sentía como el pianista del Titanic y, tras manifestar que no tenía palabras para agradecer semejante detalle, me senté en el piano y perpetré algunas canciones de mi tierra y se me ocurrió rematar con el himno a mi Valle del Cauca.
Juro que no esperé la reacción del público que coreó al unísono las estrofas de esta bella composición musical y lo hizo de pie en un momento emocionante e inolvidable.
Como expresara al inicio de esta columna, “no era pa’tanto” pues nunca me imaginé un final tan inesperadamente feliz.
Gracias y muchas gracias y no daré nombres a excepción al de María C, cómplice durante más de medio siglo de estas locuras de su ya viejo Sirirí.