La Semana Santa constituye un encuentro profundo con lo sagrado; un tiempo en el que la memoria y el espíritu se detienen para dar lugar a la introspección y al misterio. En este contexto, la música ha sido, a lo largo de la historia, un lenguaje privilegiado capaz de expresar aquello que las palabras no alcanzan, traduciendo el sacrificio y la gloria en una experiencia de absoluta interioridad.

El genio de Johann Sebastián Bach encabeza este recorrido espiritual. Su Misa en si menor (BWV 232) representa una de las construcciones musicales más logradas de la historia; su equilibrio formal y su profundidad expresiva la convierten en un puente entre la finitud humana y lo sagrado. Escuchar esta arquitectura del maestro alemán bajo la luz del Jueves Santo sugiere una estructura sonora donde cada sección se integra en una plegaria de gran unidad.

En este mismo horizonte puede situarse la cantata Actus tragicus (BWV 106), una de las reflexiones más sublimes sobre la muerte en la producción del Cantor de Leipzig. Su instrumentación sobria configura un discurso de serena aceptación, donde el alma es conducida desde la fragilidad terrenal hacia la confianza en la promesa divina. Lejos del dramatismo exterior, la obra propone una visión apacible del tránsito hacia la eternidad.

Para el Viernes Santo se sitúan sus dos grandes oratorios, la Pasión según San Juan ofrece una perspectiva de intensa fuerza espiritual, directa y piadosa, que invita a una contemplación profunda del sacrificio de Cristo.

En ese mismo sentido la Pasión según San Mateo, considerada una de las cumbres de la música sagrada, el drama presenta una riqueza expresiva extraordinaria. El relato bíblico adquiere una dimensión trascendental a través de sus figuras fundamentales: el Evangelista, cuya voz de tenor asume el papel de cronista y guía espiritual; la figura de Jesús, envuelta en un halo santo, delicado tejido de cuerdas que resalta su serenidad; y el juicio de Pilato, que marca el destino del sacrificio.

El coro despliega una dualidad estremecedora: por un lado, personifica la furia de la turba que reclama la crucifixión con una violencia rítmica implacable; y a su vez, se transforma en la voz de la comunidad creyente a través de los corales luteranos, oasis de armonía que invitan al recogimiento y a la piedad absoluta.

Con Las siete últimas palabras de nuestro Redentor en la cruz, de Joseph Haydn, en versión orquestal, compuesta por encargo en 1786 para el templo de la Santa Cueva de Cádiz; la obra nace de la profunda fe de un compositor devoto, que solía iniciar y concluir su labor creativa en actitud de oración.

En esta partitura, Haydn traduce musicalmente las Siete Palabras de Cristo en la cruz, configurando un itinerario espiritual de extraordinaria densidad teológica:

• “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.

“Hoy estarás conmigo en el paraíso”.

• “Mujer, he ahí a tu hijo… he ahí a tu madre”.

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”.

• “Tengo sed”.

“Todo está consumado”.

• “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.

Cada una de estas palabras se convierte en un Adagio: un espacio de suspensión sonora que permite al oyente meditar en el misterio del dolor redentor. La música, en este contexto, ilustra, prolonga la predicación del sacerdote, disponiendo el alma hacia una comprensión contemplativa del sacrificio.

Bajo este mismo espíritu, y con la dirección del maestro Francesco Belli, se presenta en el Teatro Municipal Enrique Buenaventura el programa especial de la Orquesta Filarmónica de Cali. Este concierto, concebido para el jueves y Viernes Santo, otorga al encuentro un carácter de profunda solemnidad. El itinerario musical tendrá lugar los días 2 y 3 de abril de 2026 (5:00 p.m.).

Para la conformación de este programa se ha considerado la significación de estos días tan especiales, iniciando con dos obras de Beethoven, cuya carga emocional y nobleza técnica son incuestionables. Fragmentos de sus sinfonías Heroica y Séptima introducen una dimensión de grandeza, evocando el impulso de la voluntad frente al sacrificio.

En este marco, la Pastoral de verano (Pastorale d’été ) de Arthur Honegger se integra como una pausa significativa; su carácter bucólico busca ordenar la percepción emocional hacia la meditación. La sensibilidad de Ennio Morricone se manifiesta en La Califfa, obra de línea melódica amplia que genera una atmósfera de recogimiento natural. Por su parte, la Sinfonía en re menor de Luigi Boccherini aporta una intensidad dramática contenida, donde la tensión rítmica simboliza las luchas internas del ser humano.

El Adagio para cuerdas de Samuel Barber propicia una contemplación de profunda interioridad, antes de que la Sinfonía al Santo Sepulcro de Antonio Vivaldi evoque el silencio expectante del Sábado Santo, abriéndose finalmente al Hallelujah (aleluya)de Georg Friedrich Handel.

El recorrido musical culmina el Domingo de Resurrección (5 de abril, 11:30 am), en la Parroquia Jesús Obrero, en el cual la Séptima Sinfonía de Beethoven se erige como signo del triunfo de la vida.

Este itinerario espiritual se revela como una invitación a la piedad, al silencio y la contemplación en los días santos; una vivencia profunda del Triduo Pascual que convoca a que nuestros oídos espirituales se unan al pulso devocional que guió a Bach y a Haydn. Tal encuentro con lo sagrado permite habitar el misterio que estas obras suscitan, logrando que el espíritu se detenga para acoger el sentido del sacrificio redentor.

Aquí la música no busca el aplauso, sino el recogimiento; se convierte en vehículo de fe que conduce desde la gravedad del dolor hacia la claridad radiante de la esperanza pascual.

Soli Deo Gloria.