Este 27 de enero de 2026, al conmemorarse el 270 aniversario del nacimiento de Wolfgang Amadeus Mozart, la historiografía musical celebra no solo a un autor fundamental, sino a una presencia estética que continúa definiendo los parámetros de la belleza y la armonía. A dos siglos y siete décadas de su llegada, el genio nacido en Salzburgo permanece como el faro de una claridad musical única. Desde sus inicios, Mozart manifestó un 'oído omnisciente’, inmortalizado en la transcripción de memoria del Misererede Allegri en la Capilla Sixtina —partitura bajo secreto pontificio—, proeza que asombró al Papa y le valió la Orden de la Espuela de Oro.
En su juventud, Mozart alcanzó una maestría temprana con sus cinco conciertos para violín, obras de una frescura inagotable, y con la Sinfonía Concertante para violín y viola (K. 364) donde el diálogo entre solistas alcanza una profundidad emocional sublime. Su paso por Francia produjo las obras de París, piezas magistrales donde destaca el Concierto para flauta y arpa (K. 299), una joya de elegancia galante, y la Sonata para piano n.º 11 (K. 331), con su célebre Rondo Alla Turca. Asimismo, la Serenata Haffner (K. 250) y el Divertimento (K. 334) consolidaron su capacidad para elevar la música social a la categoría de arte trascendental, mientras que la Misa de la Coronación (K. 317) equilibró la solemnidad litúrgica con un júbilo festivo único.
Un giro fundamental en su misterio creativo ocurrió al entrar en contacto directo con el pasado. En su monumental Gran Misa en do menor (K. 427), Mozart asimila el descubrimiento de Johann Sebastian Bach, cuya influencia es manifiesta en el uso de fugas monumentales y texturas contrapuntísticas de una densidad sobrecogedora. Esta obra representa una síntesis sin precedentes: la severidad barroca del ‘viejo Bach’ convive paralelamente con la delicadeza del estilo galante y la luminosidad de la escuela italiana. Constituye una cima de la música sacra, comparable por su envergadura orquestal y despliegue coral a hitos como la Misa en si menor de Bach o la Missa Solemnis de Beethoven.
Su madurez creativa en Viena alcanzó el cenit con la trilogía de Lorenzo Da Ponte. En Las bodas de Fígaro diseccionó las tensiones sociales; en Don Giovanni exploró lo metafísico, y en Così fan tutte—'La escuela de los amantes’— Mozart logró una maestría absoluta. En esta última, el libreto de Da Ponte ofrece una comedia magistral sobre la fragilidad humana, mientras la música realiza un crisol de la fidelidad, convirtiendo la farsa en una de las exploraciones psicológicas más profundas de la historia, consolidándolo como el 'Shakespeare de la música’.
El avance orquestal fue igualmente revolucionario. El Concierto para piano n.º 20 en re menor (K. 466) anticipó el Romanticismo, siendo sus cadenzas redactadas posteriormente por un admirado Ludwig van Beethoven. Su tríptico sinfónico final —la Sinfonía n.º 38 ‘Praga’, la luminosa n.º 39, el claro-oscuro de la n.º 40 y la divina n.º 41 ‘Júpiter’— representa el Everest del género. En la música de cámara, el Cuarteto con piano en sol menor (K. 478) y la Serenata ‘Gran Partita’ rompieron moldes armónicos, mientras piezas como el motete Exsultate, jubilate y la Pequeña serenata nocturna siguen siendo símbolos de una vitalidad inagotable y virtuosa.
La técnica de Mozart, de escritura límpida y sin tachones, refleja una psicología capaz de componer alegría en la tristeza y melancolía en la felicidad. Al cierre de este análisis en 2026, su obra se revela como una arquitectura de la mente que invita a la expansión de la conciencia. Como culminación de este misterio, el Réquiem (K. 626) se yergue como su testamento espiritual definitivo; un espacio donde la fragilidad humana se disuelve ante la inmensidad de lo eterno en una plegaria de belleza absoluta.
Hoy, más que nunca, este mundo necesita la música de Mozart para reencontrarse con lo sagrado, y encontrarnos con nuestra pura esencia, el tesoro que hay en el corazón humano. Mozart la creó para nosotros, para recordárnoslo a nosotros mismos. Su genio suscitó la veneración de los más grandes músicos de la historia: mientras Tchaikovsky lo consideraba una figura casi divina, el ‘Cristo de la música’, Gioachino Antonio Rossini sentenció su lugar en la historia con una respuesta contundente. Al ser consultado sobre quién era el más grande músico, Rossini nombró a Beethoven, pero, al preguntarle entonces por Mozart, exclamó con devoción: “¡Ah, Mozart! ¡Es único!”. Es ese Mozart único el que, a 270 años de su nacimiento, sigue siendo ese consuelo y esa luz impoluta para la humanidad.