Perder una segunda vuelta por menos de un punto debería producir dos reacciones posibles en cualquier proyecto político. La primera es preguntarse qué faltó. La segunda es culpar al sistema. El Pacto Histórico escogió la segunda: la sospecha antes que la autocrítica, la Registraduría antes que la propia oferta, hasta tonterías como recurrir a la nacionalidad estadounidense del rival como argumento de deslegitimación. Detalles que dicen más sobre su futuro que cualquier análisis de coyuntura.
La cercanía del resultado sugiere que bastaba un empujón más, pero un margen estrecho también puede leerse al revés, el techo ya se tocó, y es bajo porque el proyecto nunca resolvió su tensión de origen, movilizar con eficacia a una base leal sin convencer a la clase media que decide toda elección cerrada. Esa clase media no vota por identidad, decide con evidencia, y ahí la izquierda llegó con las manos vacías.
La confianza en la Presidencia cayó de 71 puntos en 2015 a 41 en 2025, según Cifras & Conceptos, el nivel más bajo en una década. Ese dato mide la erosión del capital institucional, la reserva simbólica de autoridad que evita desgastar energía política en justificarse cada semana. Agotada esa reserva, gobernar cuesta más caro para quien llegue después, sin importar el signo político. Ese es el pasivo que la izquierda deberá pagar antes de construir nada.
Ahí está la explicación de por qué al menos la mitad del país le teme hoy a esa versión particular de la nueva oposición, la del ridículo permanente que terminó envileciendo la investidura presidencial hasta volverla motivo de chiste cotidiano en vez de referente de autoridad. Es la consecuencia medible de tres años en los que la confrontación sustituyó a la gestión como forma principal de comunicación pública.
Por eso no creo que lo que quede del petrismo tenga hoy una oportunidad servida esperando a que alguien la recoja. Tiene, en cambio, la tarea de reconstruir su credibilidad, y el camino más realista empieza por casos de éxito locales, alcaldías o gobernaciones que funcionen como prueba de concepto antes de aspirar de nuevo a la Casa de Nariño.
En mi penúltima columna de 2025 escribí que la candidatura de Iván Cepeda era inviable, algo que entonces casi nadie tomó en serio. El senador representó la continuidad de un discurso que ya agotó su capacidad de sumar, no por falta de convicciones sino de repertorio, porque traducir la consecuencia ideológica a un lenguaje que no suene anacrónico sigue siendo un ejercicio que la izquierda no resuelve en casi ninguna parte de América Latina.
Y hablando de degradación, aquí en el Valle el ejemplo más ilustrativo es el representante que hizo carrera en la calle durante el estallido de 2021 y que sigue operando con la misma gramática de choque desde su curul: pleitos, ataques a periodistas, el mural borrado… Todo Cali lo conoce, no por su gestión sino por su circo, el único capital que ha sabido administrar. Ser ‘alternativos’ o ‘diferentes’ no les exime de responsabilidad, no basta con tan poco. Merece más esa mitad del país que les confía su voto.
Si quiere volver a competir con posibilidades, los derrotados necesitan cuadros técnicos con el mismo peso que hoy tienen sus tribunos, y necesitan hablar de responsabilidad fiscal sin sentirlo como traición ideológica. El prestigio institucional no se hereda ni se decreta, se construye con resultados sostenidos y verificables durante años. La lección de esta segunda vuelta es que el país no le teme a la izquierda, le teme a la que nunca aprendió a gobernar y ya olvidó cómo perder con dignidad.
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Claridades: 1) La abstención no cayó por indiferencia, bajó porque ambos bandos convencieron a su gente de que el otro era el fin del país. Ese miedo cruzado también hay que empezar a desmontarlo. 2) El ganador hereda el mismo déficit de confianza. Su margen de maniobra también es corto, y el reloj ya corre.