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Petro contra Petro

El objetivo no es convencer a la justicia. Es alimentar la desconfianza en las personas que lo siguen. Curioso el fraude electoral colombiano. Solo aparece cuando Petro pierde.

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Hernando González Holguín es  es caleño, estudió Ciencia Política en la Universidad de los Andes y lleva más de diez años trabajando en empresas de tecnología. Es fundador de Shake, una consultora de estrategia e innovación digital en Estados Unidos, y actualmente está en Madrid cursando un MBA en IE Business School.
Hernando González Holguín es caleño, estudió Ciencia Política en la Universidad de los Andes y lleva más de diez años trabajando en empresas de tecnología. Es fundador de Shake, una consultora de estrategia e innovación digital en Estados Unidos, y actualmente está en Madrid cursando un MBA en IE Business School. | Foto: Cortesía / Suministrada a El País.

6 de jul de 2026, 01:10 a. m.

Actualizado el 6 de jul de 2026, 01:10 a. m.

Gustavo Petro ganó la presidencia el 19 de junio de 2022. Lo hizo con el mismo sistema que luego denunció como fraudulento. La noche del triunfo no hubo quejas. Ni una observación, ni un reclamo, ni un trino. Cuatro años después, ese sistema dejó de funcionar. Las actas estaban mal. El software era sospechoso. Según él, había irregularidades en todas partes. La diferencia entre 2022 y 2026 no es el mecanismo. Es quien ganó. Y quien hace eso no cuestiona una elección. Las cuestiona todas.

Petro tiene un problema con su propio argumento. Usa las mesas con más de 300 votos como evidencia de fraude. Sin embargo, cuando ganó la presidencia, ese fenómeno fue el doble de frecuente que en 2026. La Silla Vacía lo documentó. Si su lógica fuera correcta, él mismo sería presidente ilegítimo. El primer mandatario conoce estos hechos y decide no mencionarlos.

Un juez sí lo confrontó. El Tribunal de Cundinamarca le ordenó en abril rectificar sus afirmaciones de fraude y abstenerse de nuevas acusaciones sin prueba. Sus declaraciones, según el fallo, amenazan la legitimidad del próximo gobierno. Petro no rectificó. Alegó censura y el desacato fue remitido al Congreso. Su fuero lo blindó de cualquier sanción.

Siguió publicando. La Silla Vacía rastreó 1783 trinos sobre fraude entre enero y abril de 2026. De los 329 más vistos, 59 eran suyos. Sus trinos sumaban 12,8 millones de visualizaciones. Más que nadie. El objetivo no es convencer a la justicia. Es alimentar la desconfianza en las personas que lo siguen. Curioso el fraude electoral colombiano. Solo aparece cuando Petro pierde. No es reacción. Es método.

Cuando se quedó sin argumentos técnicos, invocó a Rumanía. En ese país anularon las elecciones porque los servicios de inteligencia documentaron una operación coordinada. 25.000 cuentas falsas en redes, ciberataques al sistema electoral y financiación rusa para llevar al poder a un candidato prorruso. Rusia construyó una operación de Estado. Trump felicitó al ganador en X. Petro llama a eso lo mismo. La equivalencia es suya. El ridículo, también. No le interesa la precisión. Le interesa el ruido.

El mecanismo de votación colombiano tiene una garantía que Petro no menciona. Los votos no los cuenta el Estado. Los cuenta la gente. El día de las elecciones, más de 850.000 ciudadanos elegidos al azar llegan a las mesas, abren los sobres, cuentan cada voto en voz alta y registran el resultado en un documento que los representantes de todos los partidos fotografían al instante. Luego viene el escrutinio, donde jueces y notarios revisan acta por acta bajo la vigilancia de las campañas. Manipular ese proceso requeriría corromper en silencio a cientos de miles de personas que no se conocen, sin que ninguna hablara. Si eso fuera posible, Colombia tendría la conspiración más sofisticada de la historia. Lo que tiene, en cambio, es 28 de 30 puntos en el índice de observación electoral de América Latina.

Agotada la estrategia, anunció el empalme. Pero no reconoció los resultados. No los negó tampoco. Habló de todo menos de lo único que importaba, si aceptaba o no. Esa duda no es nueva. Petro la cultiva cada vez que pierde. Pero esta vez fue más lejos. Esto lo escribió la misma persona que llegó al poder dejando las armas, gracias a la Constitución de 1991. “Podría levantarme en armas legítimamente y llevarme una parte del ejército y llamarlo libertador.” Después aclaró que no lo haría. Pero en Colombia, donde las palabras de un gobernante sobre las armas no son metáforas, ya estaba dicho. Es una ambigüedad calculada. No llama a la subversión, pero la evoca. No reconoce la derrota, pero tampoco la acepta. Deja todo envenenado. Y en ese limbo viven sus seguidores más radicales, entre una guerra que él evocó y una paz que nunca terminó de ofrecer.

Petro lleva meses construyendo la derrota que hoy denuncia. Con cada acusación sin prueba alejó al centro. Con cada amenaza disfrazada de principio endureció a su electorado. Con cada institución que atacó confirmó los temores de quienes nunca le creyeron. El mejor argumento contra la izquierda colombiana no lo construyó la derecha. Lo construyó Petro. Pero el mayor costo no fue perder. Es que la primera izquierda que gobernó Colombia dejará el poder sin narrativa, sin base y sin haber estado a la altura. Petro contra Petro tuvo un solo ganador. Y no fue Petro.

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