Columnistas
Sentido de la vida y política
El ser humano no se satisface con la cantidad sino con la calidad de lo que desea.
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6 de jul de 2026, 01:08 a. m.
Actualizado el 6 de jul de 2026, 01:08 a. m.
Todavía hay gente que se pregunta seriamente por el sentido de la vida y eso es bueno. Lo que no es tan bueno es que cada vez son menos los que lo hacen con algo de profundidad. A pesar de la profusión de literatura y programas de autoayuda con sus baratijas psicológicas o pseudorreligiosas, con sus videos de influencers, podcasters y coaches que tienen respuestas prefabricadas y fáciles para todo, uno tiene la impresión de que crece el número de los que consideran que ya no vale la pena perder el tiempo con preguntas complejas para las que no parece haber respuestas claras y definitivas. Supongo que no serán pocos los que acuden hoy a la IA para que ella los oriente y consuele en su esfuerzo por darle un sentido a su desolada existencia.
Cuando hablamos de sentido de la vida no nos referimos a sabios consejos o recomendaciones probadas sobre cómo enfrentar dificultades, sino a esa disposición anímica o actitud reflexiva desde la cual cada ser humano construye un horizonte de sentido en permanente contacto -armónico o conflictivo- con su entorno cultural, familiar y social, actitud que le permite tomar consciencia de su propia existencia, sus posibilidades y sus límites, y asumirlas con algo de libertad e imaginación creadora.
Los seres humanos somos seres sociales, nacemos, crecemos, vivimos y morimos con otros, pero no somos como las abejas, que, siendo tan bellas y laboriosas, tienen un comportamiento definido por leyes que las determinan a ser como son. Los seres humanos estamos en capacidad de construir reflexivamente el sentido que queremos darle a nuestra vida personal, social y política, creamos música y poesía, y hasta somos capaces de llorar escuchando el juego cadencioso e inesperado de palabras y notas musicales. También creamos, modificamos y reemplazamos instituciones sociales y políticas, y meditamos y oramos en esa soledad buscada de conventos y monasterios, sean budistas o cristianos.
Por eso existen diferentes culturas, ritos, lenguas, músicas, religiones y formas de vida, y todas ellas tienen un sentido y un valor propio, único, irremplazable. John Stuart Mill decía que, a pesar de todas las desdichas de la vida, era preferible ser un ser humano insatisfecho que un cerdo satisfecho. El ser humano no se satisface con la cantidad sino con la calidad de lo que desea.
Sin embargo, las sociedades modernas lograron reducir -y también someter- la pregunta por el sentido de la vida a la esfera de lo personal y privado, excluyeron los asuntos de sentido de la esfera de lo público: piense usted lo que quiera sobre su vida, con tal de que su comportamiento no altere el curso normal de las cosas, pague sus impuestos, consuma en el supermercado, sea obediente y, sobre todo, no se le ocurra intervenir en el sentido que sus vecinos le dan a sus vidas, ese problema es de ellos, no suyo. Así lo percibió Saramago, para quien los grandes centros comerciales de nuestras ciudades son las nuevas catedrales del consumo donde buscamos y encontramos el sentido de nuestras vidas.
Hoy nos vemos obligados a tener que enfrentar las consecuencias de haber desvinculado de la política -entendida como búsqueda del bien común- la pregunta por el sentido de la vida y de haber minimizado su influjo en las decisiones públicas, esas que nos afectan a todos. Las ideas y las simpatías políticas no deberían darle la espalda a todo aquello que hace que seamos capaces de levantarnos cada mañana a enfrentar la dureza de la vida, sean convicciones religiosas, metafísicas, o simples formas de entender la vida.
Cuando esas convicciones son frágiles, inconsistentes e insuficientes porque proceden de influencers de moda o de la IA y no de la capacidad reflexiva -crítica y autocrítica- del ser humano, entonces tomamos consciencia de que a nuestra vida política le falta algo verdaderamente fundamental: conectar con eso que el papa León XIV con lucidez llamó, en latín, Magnifica Humanitas, y que, siendo flexibles, también podría ser traducido como lo mejor o lo más grande de la humanidad.

Rector Universidad Javeriana Cali
6024455000





