Este fin de año, su muerte cogió por sorpresa a más de un centenar de señoras, algunas muy encopetadas, que visitaban su consultorio hasta tres veces a la semana.
Se dice que a más de ser un extraordinario peluquero, era el mago del color, pues sabía darle el tono perfecto a quienes le confiaban, a él y solo a él, el tinte ideal para sus cabelleras, que les hacía disimular sus canas, dándoles un look muy natural y disimulador del inexorable paso del tiempo, que en esa materia no perdona.
Pero Oscar iba más allá porque, con una elemental sabiduría producto de muchos años de escuchar toda clase de cuitas, de esas que las mujeres revelan por alguna rara razón mientras las embellecen, siempre practicó la sabia máxima de ver, oír y callar con la más estricta confidencialidad, por lo que muchas siempre consideraron que ir a Colors era mucho mejor que acudir al siquiatra.
De un origen humilde, pero de una decencia única, como el luchador que siempre fue, logró crear una clientela de fieles seguidoras -y algunos seguidores- que lo querían y lo consideraron su amigo, a pesar de sus a veces malinterpretada franqueza y su terquedad en temas de estilismo.
Atendía en su casa de Santa Teresita en compañía de Mauricio su fiel compañero y mano derecha, en un ambiente único de singular personalidad, rodeado de una iconoclasta decoración en la que convivían ángeles, santos y vírgenes con guerreros y budas, matas, flores y peces y en esta época con la más original y excesiva decoración navideña con la que cada año sorprendía a sus clientas.
Fruto de su perseverancia y organización, pudo tener una casa de campo por los lados del Kilómetro 18, que era un vivero-jardín impresionantemente florecido, que incluyó en sus inicios una jaula gigantesca con loros y loras, papagayos y guacamayas con los que se me hacía agua la boca, propiedad que vendió a puerta cerrada muy poco antes de morir después de sobrevivir a un cáncer y un infarto.
Una vez supe de buena fuente que había tenido una camada de los famosos y exóticos perros afganos y decidí comprar uno, que no duró ni un día en mi mediagua porque al can había que peinarlo dos veces al día y costaba una fortuna la dieta que tan bello ejemplar exigía, consistente entre otras cosas en patas de pollo, verduras, cereales y otras exquisiteces que solo ofrecía el servicio osito, pero que además exigía, dada su alcurnia, que se paseara en un Bentley amarillo convertible, que tuviera un peinador permanente y una visita semanal de un veterinario especializado en ese tipo de canes. Oscar entendió mi incapacidad para cuidarlo y me recibió el perro de vuelta, al que no alcancé ni a ponerle nombre.
Pero volviendo a su deceso inesperado, fruto de un derrame fatal, el luto por su fallecimiento provocó que muchas de sus clientas no pudieran asistir a las fiestas de los clubes, ni a los ágapes de fin de año y llorando hasta se preguntaron, emulando al Chapulín Colorado, “¿y ahora, quién pondrá pintoretiarnos el pelo como lo hacía Oscarin?”, quedando gratamente sorprendidas al saber que Colors no ha cerrado sus puertas y que en esa casa la magia de un ser tan único y especial se niega a desaparecer.
PD 1: Mientras que las centrales obreras exigieron un incremento solo del 16%, Petro subió el salario mínimo en un 23 %. ¿Habráse visto?
PD 2: Cali ardió y explosionó el 31 de diciembre a la media noche. Nunca antes había visto y escuchado tal derroche millonario. ¡Qué locura!
PD 3: Nos unimos o se nos trepa Cepeda y nos terminamos de hundir.