En el techo del salón hay una iguana. Los obreros no le ponen atención, como si fuera una alumna más que cada mañana, a las 6:30 a. m., llegara a tomar la clase. La pared de la entrada es una lona verde, tipo costal, en la que se lee: Construimos Saberes. Sobre la lona hay fotos de los obreros tomando notas, exponiendo, graduándose.
Es miércoles y los trabajadores que construyen la Ciudadela Tierra Firme, apartamentos Turquesa, en Medellín, están en clase. Algunos son jovencitos; otros, señores que superan los 50 años. Todos terminan la primaria. Forman parte del ‘ejército’ que Colombia necesitará para reconstruir las zonas afectadas por el sismo del pasado 10 de agosto.
La historia comenzó hace varios años, cuando Camacol Antioquia identificó una necesidad urgente: muchos trabajadores del sector de la construcción llegaron a las obras sin haber terminado la primaria o el bachillerato. Algunos no sabían leer, escribir o realizar operaciones matemáticas básicas.
Para conjurarlo, creó el programa Obras Escuela, que poco a poco comienza a replicarse en otras regiones del país. Dentro de las mismas construcciones se adecúa un espacio, un salón de clase, para quienes necesitan terminar la primaria y luego continuar con el bachillerato. Algunos, después, han seguido estudiando hasta convertirse en tecnólogos o profesionales.
“Contamos con la certificación de más de 5.000 trabajadores del sector de la construcción y ya tenemos más de 200 trabajadores en la básica secundaria. Más de 7000 trabajadores han pasado por estos procesos de formación”, dice Hugo Ospina, director del área de responsabilidad social de Camacol Antioquia.
En el techo, la iguana continúa inmóvil, atenta al desarrollo de la clase. Los trabajadores, mientras tanto, cuentan sus historias.
Algunos no terminaron la primaria por la violencia. Debieron desplazarse de pueblos como Dabeiba durante los años más duros del conflicto armado y llegar a Medellín a trabajar levantando casas y edificios para sostener a sus familias.
Gian Carlo Ramírez llegó a Colombia desde Venezuela. En el salón cuenta una anécdota que explica para qué sirve aprender. Hasta hace unas semanas se le dificultaba retirar dinero de un cajero electrónico. No sabía cómo digitar los cien o doscientos mil pesos para retirar y tenía que buscar ayuda a desconocidos. Después de las clases, ahora puede hacerlo solo. También le ayuda a sus hijos con las tareas del colegio; el conocimiento como una forma de fortalecer los lazos familiares.
La profesora Jennifer Bedoya López recuerda a alumnos que se perdían para llegar a la obra porque no sabían leer los nombres de las rutas de los buses. Después de la formación en lectura no solo se volvieron más puntuales; también comenzaron a divertirse durante el trayecto leyendo los nombres de los edificios que ellos mismos habían construido.
Entonces pienso en una paradoja: los hombres que levantan las ciudades también necesitan aprender a leerlas.
Una de las directoras de la obra Ciudadela Tierra Firme cuenta a propósito que desde que los trabajadores aprendieron a leer se redujeron los accidentes laborales. Es clave, explica, que puedan entender las señales de peligro, las rutas de evacuación, las etiquetas de los productos químicos y las instrucciones para preparar correctamente las mezclas. Un trabajador calificado ayuda, por supuesto, a que las estructuras que levanta sean seguras, tal como las pensaron el arquitecto y el ingeniero.
Por eso la educación de los obreros no es solamente una historia de superación personal. Es una cuestión de seguridad y de calidad en la construcción. Y ahora, después del terremoto, aquello adquiere una dimensión mayor.
La profesora Jennifer hace ahora un ejercicio de matemáticas. Pregunta cuánto cuestan cinco cervezas si el tendero las vende a $2000 cada una. Algunos se ríen. En Medellín, la clase continúa. En el Valle del Cauca, una de las regiones más golpeadas por el sismo, el programa Obras Escuela todavía no se implementa.