Hay escombros que no son visibles, pero sí perceptibles; escombros que hablan de lo que vivimos como ciudad y permanecen latentes en nuestra memoria colectiva, en el ambiente, en las preguntas que nos hacemos desde el 10 de agosto.
Ahora miramos las fachadas, las paredes y los edificios, escudriñando cada rincón. También escuchamos de otra manera: un ruido fuerte puede despertar la pregunta de si volvió a temblar, las sirenas de las ambulancias nos alteran y una réplica puede devolver a muchas personas al momento en que la tierra se movió.
Estamos en recuperación. Mientras se atienden familias, se revisan estructuras, se remueven escombros y se trazan planes y estrategias para seguir adelante, hay otra tarea que ocurre en silencio: volver a sentirse a salvo.
Muchas familias atraviesan un duelo; algunas perdieron personas a las que amaban, otras perdieron su hogar, sus pertenencias o la posibilidad de regresar al lugar donde vivían. Hay quienes permanecen en lugares afectados y sienten que cada movimiento vuelve a traer lo vivido. También están quienes, aun sin haber sufrido daños directos, cargan con las imágenes, los relatos y el miedo de sus familiares y vecinos.
La Organización Panamericana de la Salud estima que entre un tercio y la mitad de las personas expuestas a un desastre pueden presentar alguna manifestación psicológica. El insomnio, la angustia, la hipervigilancia, la dificultad para concentrarse o la sensación de estar permanentemente en alerta pueden aparecer después de una experiencia como la que vivimos. Muchas de estas reacciones disminuyen con el tiempo; otras requieren acompañamiento profesional.
Necesitaremos tiempo, compañía y escucha para remover nuestros escombros emocionales o aprender a vivir con ellos. Para eso debemos reconocer cómo estamos, individual y colectivamente, y abrir espacios donde puedan encontrarse las respuestas expertas con la capacidad de cuidado que hemos demostrado como ciudad.
Porque más allá de la resiliencia y de la poesía que nos recuerda de qué estamos hechos, también necesitamos reconocernos en la fragilidad, en las grietas que quedaron por dentro y que necesitan tiempo para sanar. No será fácil, no es de la noche a la mañana, no puede ser cosmético; se requieren cimientos fuertes para avanzar.
Ya hemos abierto caminos para que aflore la humanidad y pueden ser la base para construir una nueva senda, una que nos permita seguir andando sin negar lo que ocurrió y aprendiendo de aquello que la tierra también nos recordó.
La recuperación emocional necesita tiempo y comunidad, así como acciones cotidianas: recuperar rutinas, descansar, hablar sobre lo ocurrido, permitirnos hacer preguntas, acompañar a las niñas y niños en sus miedos, reducir la exposición a imágenes que mantienen la alerta y buscar ayuda cuando la ansiedad persiste.
Nuestra salud mental debe ocupar un lugar en la estrategia de recuperación de Cali, porque, así como la emergencia física tiene protocolos, censos, cifras y equipos de respuesta, la emergencia emocional requiere atención, seguimiento y recursos.
Reconstruir una ciudad significa reparar lo que vemos y recuperar aquello que el terremoto puso en duda. La resiliencia se permite el dolor, lo reconoce, lo atraviesa y encuentra en otros la fuerza para seguir. Cali tendrá que reconstruir edificios, casas y negocios, pero también recuperar la confianza y la tranquilidad en lugares que hasta hace poco sentíamos inquebrantables.
Los escombros visibles irán desapareciendo, pero las grietas que quedan por dentro necesitarán tiempo, más escucha y más cuidado. Quizás esa sea una de las tareas más importantes para volver a sentir que estamos en casa.
@pagope