Ocurrió hace unas semanas, en una fiesta muy concurrida: todos contentos, bailando, disfrutando, mientras la doña de cincuenta y pico estaba ahí, sentada, a la espera de que la sacaran a bailar. La fiesta fue avanzando y un par de asistentes salieron a ‘azotar baldosa’ con ella; bendito sea el Señor.
Luego, la doña participó de la hora loca, del trencito y de todo el were were, pero bailar, lo que se dice bailar, más bien pocón. Ella, toda una amante del swing, con buen paso y simpatía, tenía tanto calor ese día que se dijo a sí misma: “¡ah!, pa’ salir a sudar, más bien me quedo sentadita”, aunque, a decir verdad, no se la creía mucho.
De regreso a casa se fue pensando en un dicho viejo, de esos casuales que se repiten a manera de chiste cuando a las féminas no las sacan mucho a la pista y les dicen que son como la tía de la fiesta. A lo mejor ella, que en otrora pasó de lo lindo, bien producida y arregladita para los festejos, ya había llegado a esa edad en que veía a sus amigas mayores sentadas sin bailar mucho, porque solo los muy amigos o sus parejas se animaban a darles su roce dancístico.
Entonces, cierta nostalgia la abrigó al ver su retiro prematuro de las pistas de baile, que de por sí ya eran pocas, porque a su pareja el baile no le gusta, aunque no lo hace nada mal. Muy pronto convirtió lo vivido en anécdota y hasta se rió de sí misma: “Querida, ahora eres la tía de la fiesta, así que, o los sacas tú a bailar, o te haces al ambiente para no quedarte sentada, viendo tu celular o cuidando los bolsos”.
La prematura tía de esta historia, un año atrás, había decidido no perderse un solo baile en la fiesta anual: desde el primer tema empezó a tomar parejos de la mano e invitarlos a bailar, y varios se animaron a sacarla también. Aquello le recordó que el asunto es más bien de actitud y de resolver, como en todo. Porque hay tías que cuentan con tan buena vibra que lo suyo no es ver bailar a otros. Tengo una que ni pintada para este ejemplo: se goza todos los temas y en pocos se queda sentada; siempre regia, nunca ‘inregia’.
Tal vez la brecha generacional, y eso de que el baile también sirve para acercarse a quienes tienen algo en común, haga que a las que llamo cariñosamente en estas líneas la tía de la fiesta no las inviten mucho a compartir ese regalo maravilloso que es moverse al ritmo de la melodía. Pero ¡a ver!, que todos vamos llegando a esa edad. Que sea esta la oportunidad para recordarnos que la tía también baila; que las tías bailen o se los bailen, y así desmitificar, de paso, la idea de que sea el hombre, como en tantos rituales de la existencia, quien deba dar el primer paso.
Así pues, mis queridas tías de la fiesta, entre las que ya me voy contando, y los tíos, que también pasan apuros cuando les dicen que no: ¡sacúdanse! Que esta escena aparentemente ligera nos reafirme en la alegría de movernos, de atrevernos y de no sentarnos antes de tiempo, porque mientras haya música, siempre habrá pista para bailar. Y eso aplica para todo en la vida. @pagope