Eventos a reventar, librerías que reafirman que el libro no morirá nunca, y plazas llenas de turistas, cantantes, bailarines y acróbatas. Parte del banquete anual para el espíritu, que es el Hay Festival de Cartagena de Indias, en su versión 2026. Cuatro días en los cuales, en un acto de generosidad, grandes autores del momento comparten, con ávidas audiencias, sus experiencias y la esencia misma de cientos de horas frente a sus computadores.

Pero en estos días mágicos no todo es fiesta. En uno de muchos escenarios callejeros improvisados de la ciudad vieja, un humilde e inofensivo hombre, con un ramo de flores en una mano, realizaba un arrebatado discurso místico, apocalíptico y evidentemente maníaco, pero que ni ofendía ni agredía a nadie. Probablemente por solicitud de alguno de los clientes fastidiados por la intensidad y duración del discurso llegaron policías que intentaron llevárselo. El hombre se resistió y momentáneamente se les logró zafar, empeñado en continuar su perorata salvadora. Aprovechando el momento de tregua en la pugna, me acerqué a los policías y respetuosamente les indiqué que se trataba de una persona con un trastorno mental severo y que si lo manejaban compasivamente obtendrían mejores resultados. Visiblemente afectado el policía me respondió: “Yo no sé nada de trastornos mentales y a este hombre hay que sacarlo de aquí”. Concluí que no me correspondía hacer nada más y me retiré, pues era clara la falta de entrenamiento del personal de Policía en asuntos de salud mental.

Casualmente, ese mismo día había sido publicada una resolución del Ministerio de Salud actualizando los listados de estupefacientes, psicotrópicos y medicamentos de control que entrarían a requerir formularios especiales que van a dificultar la difusión de medicamentos fundamentales que pueden ayudar a generar paz emocional en muchos enfermos. Dentro de un largo listado, en el cual existen ciertamente muchos medicamentos que deben ser fiscalizados porque resultan adictivos y peligrosos, hay dos que no deberían estar ahí: la amitriptilina y el haloperidol. Son medicinas que conozco bien y que llevan muchos años liberando de las cadenas de la enfermedad mental severa a millones de personas en el mundo entero. Hacen parte de las listas internacionales de medicamentos psicotrópicos esenciales que no generan adicción, son de bajo costo y son muy efectivos para el tratamiento, respectivamente, de pacientes deprimidos y psicóticos.

La decisión es, en mi opinión, ilógica e irresponsable, porque ninguno de estos dos productos representa un atentado contra la salud de los pacientes. En cambio, son muy efectivos para aliviar graves e incapacitantes síntomas y sus efectos secundarios son, de lejos, inferiores a sus beneficios terapéuticos. Esta decisión va a generar nuevos cuellos de botella en la adquisición de medicamentos esenciales para las poblaciones más necesitadas.

El caso del hombre al que le interrumpieron su discurso, refleja solo uno de entre muchísimos dramas sociales que se atenuarían con un tratamiento oportuno, menos limitaciones a la distribución de medicamentos esenciales, un conocimiento mayor por parte del personal de apoyo comunitario, y una actitud más compasiva hacia la enfermedad mental por parte de la población general.