El papa español Rodrigo Borja, Alejandro VI, no era precisamente un dechado de virtudes, pero como representante de Dios en la tierra su autoridad estaba por encima de los monarcas. El 4 de mayo de 1493 emitió la bula Inter Caetera para dividir al Nuevo Mundo descubierto por Colón entre España y Portugal, dos potencias marítimas católicas. Todo lo hallado a 100 leguas al oeste de Cabo Verde para España y al este para Portugal, lo cual le permitió colonizar Brasil.

Entre el 18 de septiembre de 1814 y el 9 de junio de 1815, las potencias europeas vencedoras de Napoleón se reunieron en Viena, bajo la batuta del príncipe Klemens von Metternich, para reconstruir las fronteras desbaratadas por el Gran Corso y establecer un nuevo equilibrio de poder que borrara los desastres ocasionados por la Revolución Francesa, sobre la base de la restauración de gobiernos absolutistas y conservadores.

Del 4 al 11 de febrero de 1945 las potencias vencdoras de la Alemania nazi, la Unión Soviética, Reino Unido y Estados Unidos se reunieron en Yalta para trazar un nuevo mapa de Europa, que llevó al control soviético de Europa oriental, a la repartición de Alemania y a la creación de las Naciones Unidas y su Consejo de Seguridad como un mecanismo para evitar nuevas confrontaciones. Sobre la Europa destruida por la guerra surge el poder intocado de Estados Unidos como la nación más poderosa y el árbitro final de todas las disputas. Así ha sido siempre, los poderosos repartiéndose al mundo.

80 años después, esa comunidad de naciones ha demostrado su irrelevancia. El poder de veto de los 5 miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU: Estados Unidos, Francia, Rusia y Reino Unido, vencedores de la II Guerra Mundial, y la República Popular China desde 1979, hacen que ninguna resolución que vaya en contra de los intereses de esos países prospere. Estados Unidos, que es su principal financiador y acoge su sede en Nueva York, construida sobre las mansiones cedidas por los Rockefellers, consulta a veces al Consejo de Seguridad para hacer intervenciones militares conjuntas, como en la guerra de Irak, y a veces no, como en la intervención en Venezuela para secuestrar a Nicolás Maduro. Su voluntad reina.

O sea, Donald Trump, el nuevo Papa Alejandro VI, que solo responde ante Dios Todopoderoso, con un poder económico, político y militar sin contradictores que ejerce a discreción. Reitera con su patada al tablero del multilateralismo el hecho repetido por él hasta el cansancio de que Estados Unidos de América está primero (America first), que el destino manifiesto de su país es gobernar al mundo y que no tiene que darle explicaciones a nadie, a veces ni a su propio Congreso.

Ese poder absoluto se expresa aún más fuertemente cuando se trata del vecindario. Las razones que se dan sobre la intervención en Venezuela no la explican. No se trata de la guerra contra las drogas, pues Venezuela ni es productor ni exporta grandes cantidades a Estados Unidos. No se trata del petróleo, pues Estados Unidos no lo necesita sino como reserva, dado que su producción hoy es demasiado costosa. Se trata de frenar la presencia económica, no militar, de China en Suramérica, hoy ya principal inversionista en Brasil, Perú, Chile y Venezuela, que con sus malas compañías se volvió un blanco fácil. Se trata de que en la nueva repartija del mundo entre Estados Unidos, Rusia y China no se metan en su patio de atrás.