Iván Duque fue elegido presidente de Colombia en 2018 luego de haber ganado una consulta interna de su partido el Centro Democrático, a través de una encuesta, y de haberle ganado una consulta interpartidista en elección abierta a la candidata del Partido Conservador Marta Lucía Ramírez, quien integró su fórmula vicepresidencial. Gustavo Petro fue elegido presidente de Colombia en 2022, luego de haber sido escogido por una coalición de partidos, denominada Pacto Histórico, y haberle ganado en una elección abierta al movimiento Soy porque Somos de Francia Márquez, quien integró su fórmula vicepresidencial.

Es decir, los dos últimos presidentes de la República han sido producto de la existencia de poderosas organizaciones partidistas, con arraigo electoral, en procesos de elección popular. Por contraste, no ha habido un solo presidente de la República que haya sido elegido con base en puro voto de opinión, sin el apoyo de partidos políticos. Esto para decir una verdad de a puño: que la política son los partidos y sin ellos, las sociedades quedan a merced de la tiranía y el populismo.

Los dos casos mencionados tienen semejanzas perturbadoras. Ambos presidentes obtuvieron bancadas en el Congreso que no superaron el 20 % de sus integrantes, pero quisieron gobernar como si hubieran tenido mayorías parlamentarias, respaldados en los resultados de la elección presidencial, tratando de imponer sin éxito una agenda propia, sin negociar coaliciones, lo cual llevó en ambos casos al fracaso de la gestión gubernamental.

Más dramático el caso de Gustavo Petro, que ganó por una estrecha mayoría y entendió esa victoria como un mandato absoluto del pueblo raso de Colombia para hacer sus reformas radicales a su manera, cuando su votación provenía de todas las capas sociales seducidas por un mensaje de cambio que era y sigue siendo inaplazable. Su permanente llamado al “pueblo” a las calles para imponer sus reformas no funcionó porque el constituyente primario que lo eligió no eran sólo los pobres, sino colombianos de todas las clases. Fue el Congreso, donde las mayorías parlamentarias no lo apoyaban, el que salvó la institucionalidad, sin que casi nadie se lo agradezca.

En esos procesos políticos, las consultas entre candidatos que se apoyan solo en el evasivo voto de opinión y en la buena imagen que tienen de ellos mismos no sirven de mucho. Las consultas del próximo 8 de marzo, que se suponían interpartidistas, quedaron conformadas por una colección variopinta de candidatos minoritarios en sus intenciones de voto, sin organizaciones partidistas, con la sola excepción de Paloma Valencia quien registra poco en la opinión pero cuenta con el apoyo del Centro Democrático, que la escogió por encuesta, y con cuyos votos seguramente ganará la Gran Consulta por Colombia para ser candidata de algo que ni ella ni su partido representan como es la centro derecha.

Curiosamente, los tres candidatos hoy más opcionados no participarán en las consultas: Iván Cepeda, Abelardo de la Espriella y Sergio Fajardo, el primero con un partido grande y organizado, el segundo puro voto de opinión y el tercero con una trayectoria política destacada, donde la opinión pesa mucho más que su partido. Allí es donde bien vale la pena repasar la historia reciente; el presidente será quien logre combinar con más inteligencia ambos factores: los partidos políticos y la opinión.