Lo que estamos viviendo con las elecciones presidenciales en Colombia me recuerda la situación que describen en el libro ‘Cómo mueren las democracias’, cuando las elecciones en la era de los populismos y los caudillos, se dejan a la manera de una moneda tirada al aire, donde a los votantes les queda muy complejo escoger y sienten que al final cualquiera llena sus aspiraciones.
Nada más grave, cuando lo que está en juego es el cambio total del modelo que acogimos los colombianos en la Constitución de 1991. Modelo democrático que el presidente de la República, en trance de jefe de campaña, amenaza demoler.
A ese desconcierto contribuye la ceguera de los instigadores de la campaña de descalificación de los candidatos de centro y de derecha, algunos desde sus propias huestes, que vendados sus ojos van alegremente al despeñadero sin reflexionar sobre la importancia de esta coyuntura histórica, ni hacer el más mínimo análisis sobre la contienda para lograr el triunfo.
A la confusión han contribuido las encuestas enrarecidas por nuevas reglas estadísticas y en algunos casos por la manipulación de ‘expertos’ con matrícula en uno que otro bando. En todo caso está visto que los electores no siempre están contados en los sondeos y que en las urnas hasta el último momento dudan sobre a quién elegir.
Sin embargo, hay algunos hechos que permiten tener esperanza sobre el comportamiento de los colombianos el próximo 31 de mayo.
Uno de ellos es el porcentaje de participación que en las últimas elecciones subió 6 puntos porcentuales, frente a una abstención histórica donde la participación era a lo sumo de la mitad de los electores.
Otro elemento, es la consolidación de los votantes en las grandes ciudades frente a un voto rural, mucho menor por cuenta que Colombia pasó de ser un país rural a tener una concentración de su población del 85 % en su área urbana, donde el voto está menos amarrado a narcos y bandas de delincuentes.
Por otro lado, la conformación de un bloque de centro y derecha con la presencia de una candidata mujer a la presidencia, donde nueve importantes líderes de diversos partidos honraron su palabra de escoger a Paloma y Oviedo en una consulta a la que se sometieron a voto limpio.
Tampoco es despreciable la participación del voto femenino y alternativo en un país que a pesar de su machismo demostró en Bogotá y otras regiones que está preparado para la inclusión y el respeto por la diversidad de género.
Otro hecho que será determinante es la presencia de los partidos con sus estructuras en las regiones con líderes que tienen experiencia en elecciones y gestas democráticas transparentes, a lo que se agrega el día electoral, definitivo para los ciudadanos con su presencia como jurados, testigos, veedores, que vienen de las elecciones de Congreso de la República sin tacha alguna.
Y, finalmente, la pésima experiencia en las elecciones del 2022, con recién llegados a la vida pública que llevó a un gobierno autoritario y destructor de sistemas tan importantes como la salud y la educación, profundizando la pobreza y la desigualdad.
¡Prendamos las alarmas, todavía estamos a tiempo de elegir bien!