La política también ofrece motivos a la literatura fantástica. La novela de José Saramago, Ensayo sobre la lucidez, nos cuenta que una mañana, con motivo de unas elecciones municipales, las autoridades electorales descubrieron que los habitantes del lugar, de manera masiva, silenciosa y espontánea, sin que mediara una organización previa y sin que se tratara tampoco de un error, habían votado en blanco por abrumadora mayoría. Los dueños del poder sienten esta situación como una amenaza al sistema democrático, reaccionan con medidas excepcionales y buscan culpables. La idea de una sociedad autónoma con respecto al Estado y de unos ciudadanos que atienden única y exclusivamente a su espíritu crítico y a su conciencia les parece inconcebible.

La democracia, por sus características mismas, es sinónimo de incertidumbre. Cualquier cosa puede suceder. Por esta razón, los partidos y los grupos de interés ponen en juego múltiples mecanismos para controlar los resultados electorales: la compra de votos, el clientelismo, las ‘fake news’, los votantes cautivos, el fanatismo, las amenazas. Para evitar sorpresas, muchos preferirían las dictaduras, en las que el poder está en un lugar claramente definido, a las democracias, donde se corre el riesgo de ‘efectos inesperados’.

Colombia vive un momento de máxima incertidumbre con respecto a los procesos electorales que se avecinan. Las cábalas son muy difíciles de establecer. Nos hemos llevado demasiadas sorpresas en las últimas elecciones como para construir vaticinios creíbles. Por el contrario, la única certidumbre que podemos sustentar es que este país cambió en los últimos diez años, gústenos o no. Y el candidato que quiera triunfar debe sintonizarse con la nueva situación.

Alfonso López Michelsen decía en 1982 que, después de Belisario Betancur, el país no iba a ser el mismo. La política de paz, principal bandera de su gobierno, fracasó estruendosamente con la toma del Palacio de Justicia. Pero el país, como lo predecía el líder político, a pesar del fracaso, se transformó y la guerra se desató.

Algo similar podríamos afirmar hoy en día. El gobierno de Petro despertó toda clase de expectativas, pero el resultado final no ha sido el esperado. Muchas de las promesas que se hicieron en la campaña electoral se frustraron. La Paz Total, programa bandera, terminó en un fracaso. Pero, independientemente de cómo lo valoremos, el asunto es que el país, para bien o para mal, ya no es el mismo. Y no hay reversa.

Hay un gran sector social que se ha sentido empoderado por el petrismo: grupos marginales, no institucionalizados, no reconocidos; jóvenes sin futuro, desempleados, informales, pobres de siempre. Una población al margen que reclama derechos y dignidad fue la que protagonizó el ‘estallido social’ e hizo posible la elección de un candidato de izquierda por primera vez en la historia de este país y la elevadísima votación por el candidato alternativo Rodolfo Hernández, como expresión de la derrota de la clase política tradicional.

Un candidato sensato, que considere la posibilidad de llegar a la Presidencia de la República, se tendría que poner a tono con estos nuevos sectores y, a pesar de la debacle del actual Gobierno, reconstruir la ilusión de que el cambio es posible. Un candidato que no se ponga en sintonía con lo que han sido estos cambios (sin idealismos, sin pretensiones, en el marco de lo que los alemanes llaman la 'real politik’) probablemente no tenga muchas posibilidades de éxito. Parafraseando el célebre discurso de Davos de Mark Carney, primer mirnistro de Canadá, debemos afrontar “activamente el mundo tal como es, sin quedarnos a la espera del mundo que deseamos”.

Los candidatos no parecen muy conscientes de esta situación y organizan sus estrategias sobre bases falsas, apelando a fórmulas que fueron exitosas en el pasado. La gran paradoja de la democracia es que, con base en el respeto a la diferencia, permite la existencia de contradictores, que se aprovechan de sus principios para contrarrestar la incertidumbre. Los vaticinios son difíciles y cualquiea cosa puede suceder.