Finalmente llegamos a la hora de la verdad en este tortuoso certamen electoral. Ha sido, sin duda, un proceso frustrante desde muchos puntos de vista, pues no solo ha puesto de presente la profunda fragmentación del escenario político, sino algo aún más preocupante: el elevado nivel de polarización que caracteriza hoy a la sociedad colombiana.
Frente a los enormes desafíos que enfrenta el país en un entorno internacional cada vez más incierto y complejo, cabría esperar una mayor capacidad para construir consensos alrededor de los asuntos fundamentales. Sin embargo, la campaña ha mostrado precisamente lo contrario: dificultades para encontrar puntos de encuentro, incapacidad para construir proyectos amplios y una marcada tendencia hacia la confrontación.
En este contexto, solo el Pacto Histórico ha logrado mantener una estructura política relativamente cohesionada, lo que le ha permitido llegar a la recta final con altas probabilidades de alcanzar la segunda vuelta. En contraste, los sectores alternativos a la izquierda no consiguieron articular una propuesta común capaz de representar a una amplia mayoría de ciudadanos que, aun reconociendo las múltiples tareas pendientes del país, también valoran los avances institucionales, económicos y sociales alcanzados durante las últimas décadas.
Un proceso que inició con cerca de cien aspirantes difícilmente podía generar las condiciones necesarias para la convergencia. La excesiva personalización de la política y la dificultad para construir liderazgos colectivos terminaron debilitando la posibilidad de consolidar proyectos sólidos, con visión de largo plazo y capacidad para convocar a sectores diversos de la sociedad.
Tampoco resulta alentador que buena parte del debate público haya estado dominado por las descalificaciones y las controversias coyunturales, en lugar de una discusión profunda sobre el modelo de país que requiere Colombia para afrontar los retos de seguridad, crecimiento económico, competitividad, educación y fortalecimiento institucional. Los ciudadanos han escuchado muchas promesas, mucho show y pocas explicaciones convincentes sobre cómo hacerlas realidad.
El próximo gobierno recibirá un país con importantes desafíos económicos y sociales, además de un entorno internacional marcado por crecientes tensiones geopolíticas y profundas transformaciones tecnológicas. Más que certezas absolutas o liderazgos providenciales, Colombia necesitará capacidad de diálogo, respeto por las instituciones y disposición para conformar equipos altamente calificados.
Las encuestas dejan todavía numerosos interrogantes, pero lo verdaderamente importante comenzará después de las elecciones del 31 de mayo. Colombia no puede darse el lujo de profundizar una dinámica de radicalización permanente entre visiones irreconciliables del país. La democracia exige competencia, pero también capacidad para construir acuerdos.
La verdadera prueba para quien resulte elegido no será únicamente ganar las elecciones, sino demostrar que es capaz de unir a una sociedad fragmentada, recuperar la confianza y construir los consensos mínimos que permitan avanzar. Porque los grandes desafíos de Colombia no se resolverán desde la confrontación permanente, sino desde la capacidad colectiva de encontrar propósitos comunes y trabajar juntos para alcanzarlos.