Guillermo Hoyos Salazar, mi compañero de cuarto en el internado del Gimnasio Moderno me hizo conocer la lista de libros incluidos en el Índice Vaticano, o sea aquellas obras literarias cuya lectura hacía incurrir en pecado mortal.
En ese listado aparecían Madame Bovary, de Flaubert, para muchos la mejor novela que se haya escrito jamás; La Divina Comedia, de Dante; Gargantúa y Pantagruel, de Rabelais; Los Miserables, de Víctor Hugo; en fin, cantidad de obras que son orgullo de la humanidad. Como nada hay que incite más que lo prohibido, empecé a leer cuanto libro sabía que estaba en el ‘Index’ romano.
Años después mi amigo Guillermo montó varios negocios, entre ellos una ‘marina’ en Buenaventura y un almacén de yates de alta gama en Cali.
Viajando por la carretera al puerto, fue secuestrado por un grupo guerrillero. En medio del estupor que me causó la noticia, una tarde recibí llamada telefónica de un hombre de culta voz, que me preguntó si yo conocía a Guillermo y cuál era el motivo de ese conocimiento. Le respondí, y me dijo que me habían escogido para recibir un encargo relacionado con la ‘retención’ de mi camarada.
Pocas veces en mi vida he sentido tanta inquietud. A los quince días llegó a mi oficina un sobre de manila con un casete y una nota en la que me exigían entregar el paquete a un familiar de Guillermo. Desde luego, autorizado por el remitente, escuché el audio y oí la voz quebrada de Guillermo diciéndome que estaba cavando su sepultura, y me pedía que interviniera para que se pagara pronto el rescate.
Como no pude hallar a la persona indicada pues estaba fuera del país, entregué el sobre a otro pariente. A la semana siguiente el mismo personaje me llamó para preguntarme qué había hecho con la encomienda. Le conté, y me dijo que había cumplido bien la comisión. Un mes más tarde, Guillermo murió en cautiverio.
Vuelve a mi memoria el episodio de los libros prohibidos por la Iglesia, absurdo que ya no existe, para decir que el libro de Laura Ardila titulado ‘La Costa Nostra’, que Planeta se negó a publicar alegando el temor a una demanda, se venderá como pan caliente cuando la Editorial Rey Naranjo lo publique, porque muchos lo compraremos para conocer las revelaciones de la valiente periodista sobre la Casa Char, que es uno de los clanes políticos más fuertes de Colombia.
Fuad Char creó un imperio económico en el que hay de todo: supermercados, emisoras de radio, equipo de fútbol, droguerías, en fin, todo un emporio que pone a ‘Olímpica’ en el Olimpo empresarial del país.
Además, los Char constituyen un grupo político poderoso que desde hace años controla los votos de los siete departamentos de la Costa Atlántica. Pone y quita gobernadores y alcaldes; dice quien puede ser concejal o diputado en esa zona. Mientras un hijo despacha en la alcaldía de Barranquilla, otro preside el Senado. Y cuando el ordinario Alex quiere repetir alcaldía, ahora está de candidato para reemplazar a Jaime Pumarejo, otra ficha, y seguramente ya tiene el señalado para suceder a Elsa Noguera en la gobernación, otra propia.
Desde luego no todo les sonríe. Ahora Arturo Char, ex presidente del Senado, está fuera del país atendiendo virtualmente la imputación que tiene de varios delitos, idénticos a los que puso tras las rejas a Aída Merlano, de quien fueron aliados verticales y horizontales por varios años.
Ojalá aparezca pronto ‘La Costa Nostra’, paráfrasis perfecta de ‘La Cosa Nostra’ siciliana.