Hace varios años al monstruo comegalletas le salió un rival todavía más temido, el cual fue condenado a cinco meses de cárcel en Bogotá: el terror de las chocolatinas.
El hombre se acostaba temprano y en las noches soñaba con batidos de cacao; tenía pesadillas con grandes pailas de color café, desde las que chorreaba un espeso y caliente líquido que, posteriormente, combinado con maní, se convertía en Milky Way, en Ghirardelli, en Toblerone o en Snickers.
Era un ciudadano experto en sustraer de los supermercados todo aquello que tuviera perfume de cacao. No se sabe si en ocasiones se inclinaba por la humilde y criolla chocolatina Jet, si coleccionaba las monas del Tiranosaurio Rex, del pirarucú o de la tortuga laúd del Mediterráneo.
Aseguraba que el fruto de esos robos le servía para pagar una pequeña habitación en el centro de Bogotá. Las cámaras de los supermercados lo identificaron en diversas ocasiones; acostumbrado al pito antes de salir de estos paraísos chocolateros, parecía no importarle ya la difusión que se hizo de su caso.
Quizá porque entonces los responsables de la muerte de 33 niños en Fundación, Magdalena, todavía no habían sido procesados, y el Monstruo de los Andes, violador de más de 1234 niños, disfrutaba de libertad. No parecía importarle el escándalo que produjo la noticia de su encarcelamiento, porque en Colombia todavía no se conocen los asesinos de Galán y Álvaro Gómez -nadie sabe todavía quién mató a Gaitán-, y los culpables del crimen de 11 diputados de la Asamblea del Valle bebían daiquirí y comían langosta en los hoteles de La Habana, por cuenta del pueblo colombiano.
Es por todo esto que la puesta en prisión de un hombre que robaba chocolatinas despertó la indignación de un país que protestó también, hace un tiempo, por el prendimiento de un ladronzuelo que robaba caldos Knorr.
Es ladrón el que roba un pan y el que asalta un banco. En ambas ocasiones se cumple la transgresión de un límite impuesto por la convivencia, por la ley y la religión: no hurtar. Sin embargo, se cometen tantos delitos atroces diariamente en Colombia que la cárcel para el terror de las chocolatinas, en una fría celda de La Picota, no despertó más que indignación.
Al momento de su condena, el reo sumaba ya ocho condenas y 46 procesos, todos por robo de chocolatinas. Aunque son hurtos que, como en el último caso, no superan los 15.500 pesos, hurtos son. Ya en los almacenes de Bogotá, los guardias de seguridad temblaban cuando lo veían llegar. Sabían que en sus bolsillos iría, otra vez, una chocolatina tomada de una góndola, de manera subrepticia.
Aunque aseguraban que parte del dinero de la venta de estos confites era para sobrevivencia, su abogada manifestó que el terror de las chocolatinas era una persona con estudios, cuatro idiomas y un pasado próspero en los Estados Unidos.
Quizá la mejor defensa de este, el convicto más inocente de Colombia, sea la de alegar salivación excesiva, contracción de papilas gustativas cuando se está delante de una barra de chocolate. Esta defensa, es claro, linda con lo mórbido, y no es posible condenar a un enfermo compulsivo, de la misma manera que es ilícita la pena de muerte para un enfermo mental.
Ir a la cárcel por chocolates no deja de ser un asunto curioso y harto inspirador.