Hace poco estuve en una reunión de crecimiento profesional enfocada en aprender a reconocer las diferencias en el desarrollo infantil y encontrar maneras de establecer conexiones estables entre escuela y hogar. La persona que lideró esta reunión es la fundadora de una organización de terapeutas enfocadas en el apoyo integral al desarrollo infantil desde todos los ámbitos: corporal, emocional, social, cognitivo, de lenguaje, comportamental.

Al empezar, abrió esta reunión diciendo: “Lo primero que tienen que saber es que los hitos del desarrollo están cambiando de manera muy drástica, por ejemplo, gatear ya no es considerado un hito”. Estas palabras causaron estruendo en un auditorio lleno de profesionales en educación infantil. Te estarás preguntando, así como nosotras lo hicimos, ¿cómo es posible que los niños no estén gateando?

Resulta que para que una acción en la infancia sea considerada un hito del desarrollo, el 75% de la población infantil debe estarlo haciendo. Entonces, esto significa que la mayoría de la población infantil de Estados Unidos no está gateando en la edad correspondiente a este hito, es decir entre los 7 y 10 meses. Y ahora los estándares clínicos en Colombia están muy alineados con este porcentaje junto a la Escala Abreviada de Desarrollo, que es una de las herramientas que se utiliza para monitorear los patrones y cambios en el desarrollo infantil.

¿Qué nos dice todo esto a las profesionales sentadas en esta reunión? Que las pantallas son una razón fundamental para explicar estos cambios, pero sobre todo que ya no estamos jugando con nuestros niños. Se dice que los niños vienen a este mundo a jugar. Pero, ¿qué pasa cuando ya no les estamos brindando los espacios y el tiempo para jugar? Como profesora de un colegio inspirado en la filosofía Reggio Emilia, veo todos los días la vitalidad del juego en el desarrollo de cada niño.

A través del juego es que conectan con el mundo, con las personas que los rodean, con lo que ven, con lo que sienten, con lo que escuchan, con lo que se cuestionan. En la infancia y la niñez el juego es el vehículo que mueve a estos pequeños seres por el mundo. Pero ahora están llegando a un mundo digital, híper-conectado y tecnológico que no está dejando espacio ni para que los cuidadores jueguen con los niños, ni para que los niños se aburran, exploren, inventen, sean curiosos y jueguen.

Antes a los niños se les enseñaba a trepar árboles, hoy los llevan a gimnasios para escalar. Antes los niños caminaban descalzos sobre la tierra y jugaban con ella hasta quedar embarrados hasta la cabeza, ahora tienen arena quinética y juegos sensoriales. No me malinterpreten, me parece maravilloso que las familias que no tienen acceso fácil a espacios naturales estén buscando cada vez más alternativas para sus hijos; y cabe resaltar que estas herramientas son de gran uso en las diferentes modalidades de terapia infantil. Sin embargo, citando a ‘Jugando Aprendemos’ el punto es que “la infancia no necesita tantas actividades para desarrollarse, sino más oportunidades para vivirse”.

Mi mensaje con esta reflexión no es generar miedo o angustia a padres, cuidadores o personas responsables por el desarrollo de los niños. Lo que busco transmitir es la urgencia de este tema: el juego como fundamento para el desarrollo y la crianza. Los niños necesitan de nosotros, sus adultos seguros. Para guiarlos y mostrarles el camino. Para jugar con ellos. Para ensuciarnos con ellos. Para reír, llorar, hablar, preguntar, curiosear, imaginar.

Así que hoy los invito a que se pongan en los zapatos de su ‘Yo’ de 5 años. ¿A qué les gustaba jugar? ¿De qué les gustaba untarse? ¿Dónde les gustaba correr? ¿Cuáles son esos recuerdos del juego en tu infancia que más saltan a tu memoria? Esos momentos en los que te cantaban antes de dormir, o tenías fiestas con tus peluches, cuando armabas un fuerte en la sala con tus hermanos, cuando mamá o papá te sentaban en sus piernas a jugar al caballito, o cuando tú y tus amigos eran dinosaurios en el parque.

Esto no es pura nostalgia y memorabilia. La Academia Americana de Pediatría señala que el juego, especialmente con adultos presentes y atentos, fortalece el lenguaje, la regulación emocional, las habilidades sociales, la motricidad y las funciones ejecutivas. El juego no es un premio después de ‘lo importante’, como dice el Artículo 31 de la Convención sobre los Derechos del Niño de la ONU: El juego y la recreación son un derecho esencial para la salud y el bienestar del niño. Pero un derecho solo se vuelve realidad cuando alguien le abre la puerta, y en la infancia esa puerta la abrimos los adultos.

Entonces, si son padres, cuidadores, o personas responsables por niños en su día a día, los invito a preguntarse, ¿qué les estoy mostrando con mi ejemplo? ¿Cuándo fue la última vez que jugué con ellos sin mirar el reloj o el celular? ¿Qué siento y qué hago ante el aburrimiento del niño? ¿Qué infancia estoy ayudando a construir: una llena de actividades o una llena de momentos?

Finalmente, después de viajar a su ‘Yo’ de 5 años, ahora les pregunto: ¿Qué le diría ese niño o esa niña al adulto que soy hoy?