“El Presidente vive aquí, el que manda vive en otra parte”, escribió un valiente mexicano en uno de los muros del Castillo de Chapultepec, ocupado por un títere. Frase idéntica podría pintar un grafitero bogotano en una pared de la Casa de Nariño, a un descuido del batallón que la vigila.

Porque todos los colombianos, incluidos sus propios copartidarios, saben que este inexperto al que Álvaro Uribe, irresponsablemente, hizo jefe de Estado, con los resultados que él mismo ahora no sabe cómo enderezar, es una marioneta cuyos hilos son manejados a voluntad desde las llanuras ilímites de El Ubérrimo, como en su tiempo Juan Domingo Perón controlaba a distancia al mediocre Héctor José Cámpora, cuando lo puso en la presidencia argentina.

Muchas veces me he detenido a pensar cuál es la secreta fibra que mueve a una persona en su ambición de llegar al mando supremo de su país. ¿Amor a la patria? ¿Sórdido propósito de enriquecimiento torticero? ¿Contar con una corte de aduladores bajo su dirección, incluidos los altos jefes militares? ¿Tener a su alcance todo un harén de bellas mujeres, porque el poder es potente afrodisiaco?

A todos esos interrogantes respondo con un No rotundo: ‘El oscuro objeto del deseo’ que la incita es el de pasar a la historia entrando al panteón de los ilustres hijos de esta Colombia inmortal, como dijo Rojas Pinilla al asumir la presidencia en 1953.

Iván Duque aún está a tiempo para que sus compatriotas cambiemos el mezquino concepto que de él tenemos, y podamos recordarlo con gratitud más allá del 2022 como el audaz estadista que supo dar un viraje soltándose de la coyunda perversa de Uribe, quien en estos tormentosos días ha puesto a Duque contra la pared, endilgándole el perjuicio que le ha causado al Gobierno y al Centro Democrático con la atroz reforma tributaria que disfrazada con rimbombante nombre ha generado problemas sin cuenta.

Como el propio partido del presidente lo critica ácremente -hay que oír los mandobles que le lanza todas las mañanas Fernando Londoño-, y como el mismísimo patrón ya abomina del pupilo, a Duque, si tiene un ápice de dignidad y si quiere acomodarse bien en el registro histórico de su mandato, le toca lanzar un grito de independencia y decirle a Uribe, al estilo de Juan Manuel Santos: ahí nos vemos, viejo. Gracias por todo, pero de ahora en adelante el presidente soy yo, porque yo fui el que obtuvo esos 10 millones de votos en 2018, en donde hubo liberales, conservadores y muchos movidos por el terror que les causaba Petro.
Saludos a doña Lina, a Tomasito y Jerónimo, que los quiero mucho.

En ese instante, Duque recupera las riendas del país que ahora se le salió de las manos. Zafarse de las ataduras sectarias de Uribe le permitiría conformar un gabinete de unidad nacional, llamando a todo el espectro político para que lo acompañe en los quince meses que le faltan a su administración.

Con esa movida, se concertaría una ley tributaria de buen recibo ciudadano, y se bajaría la temperatura de las calderas de la inconformidad que están a punto de explotar, con impredecibles consecuencias.

Deje, señor presidente, de ignorar a Santos y pregúntele cómo hizo para desligarse del ‘gran colombiano’ el mismo día de su posesión. Tengo la seguridad de que el Nobel de Paz no se negaría a ilustrarlo sobre ese particular.