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¿Cuál verdad?

El problema no es que sean líderes de izquierda, sino cómo lo hacen y a costa de qué, pues las autocracias como la buscada por Petro llegan a extremos y no admiten restricciones, a juzgar por sus arremetidas.

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Helena Palacios
Helena Palacios | Foto: El País

7 de may de 2026, 01:25 a. m.

Actualizado el 7 de may de 2026, 01:25 a. m.

El candidato Iván Cepeda destaca publicitariamente su figura y su programa de gobierno 2026-2030 - Pacto Histórico- Movimiento Político, en un contexto en que el mensaje que lo encabeza, “El poder de la verdad”, deja ver de dónde viene y hacia dónde va la estrategia del partido, y suscita el interrogante sobre quién la dirá.

No es que la verdad no pueda invocarse, pues es un valor y un principio que debería regir la política, aunque parezca imposible. Es sólo que a veces hay elementos que por sus características prefiguran riesgos, empezando por relaciones que no conviene ignorar cuando es vital lo que está en juego. Aunque Cepeda dice haberse distanciado del Partido Comunista en que nació políticamente, hay una correspondencia entre aquella frase y lo que dijera Antonio Gramsci (1891-1937), activista político, italiano y comunista, víctima del fascismo, cuyo dicho “decir la verdad es revolucionario” fue sustancia de su programa comunista.

Más allá del parentesco con la frase de Gramsci, importa el influjo de este en la estrategia de la izquierda y el hecho de ser un referente declarado por Hugo Chávez, Gustavo Petro e Iván Cepeda. Su teoría se centró en la construcción de una nueva hegemonía en lucha contra la opresión, donde el príncipe es el partido y los activistas cimientan la tarea de socavar las instituciones y cultura imperante, hasta fundar un nuevo Estado. Sin importarle los riesgos de modificar la Constitución Política según voces serias, incluso de la izquierda, para Cepeda es el tiempo del “poder constituyente”. Petro le pavimentó el camino recolectando firmas y dinero, e iniciando políticas contra la institucionalidad, a las que aquel les dará continuidad, convencidos uno y otro de ser dueños de la verdad absoluta.

El problema no es que sean líderes de izquierda, sino cómo lo hacen y a costa de qué, pues las autocracias como la buscada por Petro llegan a extremos y no admiten restricciones, a juzgar por sus arremetidas. Él y su partido torpedean a las Cortes, instituciones, Congreso, Banco de la República, Ecopetrol, empresas, sistemas de salud y educación, gobernadores y alcaldes, Defensoría del Pueblo, medios de prensa y todo lo que impida su hegemonía o les contradiga. Cuando esa es la actitud y buscan atajos para imponerse, se aboca el país a “la razón de la sinrazón, que a mi razón se hace”, como diría el Quijote, con menoscabo económico para el país y mentiras a tutiplén, como se ha visto.

Cuando el valor de la verdad aparece atado al manifiesto de un partido político que aspira a gobernar y va de la mano del arquitecto de la paz total, sucesor de Petro, es inevitable recordar el Ministerio de la Verdad en la obra premonitoria de George Orwell, ’1984′. En ella la realidad objetiva no existe, la verdad es lo que el partido dice, hay una dominación sofisticada de la consciencia humana. Controla la información y es la visión del partido; las palabras significan lo que él dice, los conceptos se modifican para hacerlos coincidir con los propósitos del partido.

Lo cierto es que, así el candidato del Pacto Histórico tenga un temperamento diferente al de Petro, es miembro de su partido y comulga con él en sus inspiraciones y lineamientos. Nada asegura que puedan superar la prepotencia y propósito de demoler, ni su demostrada gran incapacidad de administrar un país, tampoco de responder cuál verdad será la del candidato.

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