En una época acelerada, marcada por las redes sociales y la Inteligencia Artificial, a diario nos enfrentamos con un gran paradigma: ¿Qué nos hace exitosos en la vida? ¿Cómo podemos ser buenos líderes y buscar un sano equilibrio en el éxito laboral sin sacrificar los aspectos importantes de la vida personal? Y, sobre todo, ¿cuáles son aquellas herramientas que se necesitan para lograrlo?
Y tal vez ahí está la utopía de esta época. Podemos perfeccionar sistemas, automatizar tareas y acelerar operaciones, pero el liderazgo sigue ocurriendo en un territorio que ninguna tecnología reemplaza del todo: el de las personas. El verdadero liderazgo solo existe cuando alguien sabe estar frente a otros, comprenderlos, convocarlos y sostenerlos. Se trata de entender con quiénes estamos, y cuáles son los vínculos que en ese camino construimos y que sostienen la vida que hay detrás del puesto que ocupamos. No podemos liderar equipos si no entendemos a los seres humanos que los conforman, desde su esencia y sus intereses, y para eso necesitamos desarrollar inteligencia emocional.
La inteligencia emocional hoy es clave para el éxito en todos los ámbitos. Podemos lograr metas, ingresos, reconocimiento, prestigio, pensando que todo esto es el éxito y nos dará la felicidad; pero aun así, viviremos vacíos por dentro si no tenemos a quién llamar con confianza, con quién compartir un almuerzo o un café, incluso si no podemos estar bien con nosotros mismos. Hay que reconocer que no podemos ser líderes de verdad, sino sabemos leer y gestionar el mundo emocional propio y también el de los demás.
Si buena parte del compromiso, la disposición y la energía de un equipo dependen de la calidad del vínculo con quien lo conduce, el liderazgo no puede evaluarse solo por resultados, velocidad de ejecución o solvencia intelectual. Debemos valorar la calidad de presencia que una persona ejerce sobre otra: si escucha, si inspira confianza, si regula tensiones, si construye un clima donde la gente pueda aportar sin miedo, si logra que el talento no se desperdicie por agotamiento o distancia emocional.
Para Howard Gardner, desde su teoría de las inteligencias múltiples, dos de ellas son claves para lograr el éxito en la vida. La inteligencia intrapersonal, como esa capacidad de comprenderse a sí mismo, reconocer lo que se siente, lo que se teme, lo que se desea y lo que se necesita; así como la inteligencia interpersonal, como la capacidad de comprender a los otros, leer emociones, motivaciones e intenciones, y actuar con sensibilidad frente a ellas. La suma de estas dos capacidades es lo que se denomina la inteligencia emocional. El concepto de inteligencia emocional nos invita a darle relevancia en la gestión de equipos, a qué tan bien conectamos con los demás y con uno mismo. Nada más humano que esto.
Un líder sin esas capacidades queda a merced de sus impulsos: confunde la presión con urgencia permanente, el miedo con prudencia, la irritación con carácter, la necesidad de control con fortaleza. En cambio, quien sabe leerse y leer a los demás puede regularse mejor, corregirse, tomar distancia de su ego y entender el porqué de las reacciones y no convertir tormentas internas en el clima habitual del equipo. Trabajar con otros no es solo asignar tareas y exigir resultados. Implica leer el estado emocional de un grupo, entender lo que motiva o bloquea a las personas, advertir silencios, detectar cansancios, intuir conflictos antes de que estallen y, sobre todo, construir confianza.
Además de estrategia y competencias, liderar hoy exige una humanidad entrenada e inteligencia emocional, pues en el mundo actual no siempre llega más lejos quien más sabe, sino el que se conoce mejor y sabe conectar humanamente con otros.
@Juanes_angel