Yuval Noah Harari plantea en su libro Homo Deus que la humanidad contemporánea ha comenzado a perseguir tres grandes aspiraciones: la inmortalidad, la felicidad y la divinidad. Las presenta como los nuevos horizontes del proyecto humano, impulsadas por el avance tecnológico, el desarrollo económico y la lógica del sistema moderno.

Vivir más tiempo, vivir mejor y ampliar nuestras capacidades de control sobre el mundo pueden sonar, en teoría, como señales de progreso. El problema surge cuando estas ideas se trasladan sin matices a realidades peligrosamente manipuladas por un poder central; y además, profundamente desiguales, frágiles y tensionadas.

Hablar, por ejemplo, de inmortalidad en Colombia, no resulta sencillo ni fácil de entender, cuando amplios sectores viven en permanente incertidumbre: empresas que no saben si resistirán este nuevo año que acaba de iniciar, jóvenes que no logran proyectar un futuro estable y familias que sobreviven sin certezas. En un escenario así, la longevidad podría dejar de ser aspiración para transformarse en ansiedad.

La felicidad, que se asocia con bienestar, desarrollo y realización personal, en Colombia trató de ser reducida a una sucinta consigna política: vivir sabroso. El problema no es aspirar a “vivir sabroso”, sino prometerlo sin explicar quién crea el valor que lo hace posible y bajo qué reglas se sostiene en el tiempo. La felicidad sin estructura no libera; anestesia. Y una ciudadanía anestesiada es más manipulable.

Para Harari, el ser humano moderno aspira a convertirse en divinidad, en el sentido de adquirir capacidades que antes solo se atribuían a los dioses. Harari no habla de espiritualidad, sino de control. En contextos de poder como el nuestro, esta aspiración podría adoptar formas peligrosas: la creencia de que el poder político puede sustituir al tejido productivo, que el discurso ideológico puede reemplazar la realidad económica y que la superioridad moral autoproclamada exime de rendir cuentas. Cuando el poder se cree moralmente superior, deja de escuchar. Y cuando deja de escuchar, empieza a destruir.

Colombia vive hoy una profunda paradoja. Se habla de futuro, mientras se erosiona la confianza. Se habla de justicia, mientras se castiga al que produce. Se habla de igualdad, mientras se incentiva la informalidad.

Cuando una sociedad persigue la inmortalidad sin legado, acumula años sin sentido. Cuando busca felicidad sin responsabilidad, multiplica frustraciones. Y cuando aspira a la divinidad sin ética, pierde su humanidad.

Una transformación positiva no consiste en prometer un país distinto, sino en aceptar que ningún país cambia, si quienes lo habitan renuncian a su responsabilidad moral. El verdadero comienzo no está en una nueva etapa, ni en una nueva ley, ni siquiera en un nuevo año. Está en cada decisión cotidiana, en cómo se gobierna una empresa, en cómo se administra lo público, en cómo se educa a los hijos, en qué se tolera y en qué se rechaza.

Colombia no necesita promesas etéreas que suenen bonito. Nuestro país necesita ciudadanos, empresarios y líderes capaces de decir la verdad, asumir consecuencias y construir valor con ética. Solo desde la coherencia con esa ética será posible un futuro que no sea una ilusión, sino una responsabilidad compartida.