En la costa caribe colombiana, las supersticiones hacen parte de la vida cotidiana. Desde niños escuchábamos a las abuelas y a las madres advirtiéndonos del peligro de olvidar ciertas supersticiones que podían producir algún problema en nuestra estabilidad emocional y física; unas benignas y otras peligrosas.

Las supersticiones, a través de los años, se han integrado a la conciencia colectiva, transmitidas de boca en boca, de una generación a otra, y asentadas en nuestras mentes por repetición. La superstición suele definirse como una creencia irracional en la magia, la suerte o fuerzas sobrenaturales que tienen el poder de intervenir en la vida, o en la idea de que algunas acciones, sin relación lógica con un resultado, pueden tener algún efecto sobre la persona.

Es más común que las personas se aferren con mayor fuerza a estas creencias cuando se encuentran a merced de la suerte. El instinto humano de supervivencia nos impulsa a buscar soluciones cuando nuestras vidas se ven amenazadas, y nuestros cuerpos, de forma natural, nos dotan de agilidad para enfrentar las amenazas o huir de ellas. Nuestros ancestros vivían épocas difíciles, y muchas de las amenazas a las que se enfrentaban escapaban a su control, por lo que acudían a diferentes creencias para tratar de sobrevivir.

Sus orígenes son variados: provienen del pensamiento clásico, de rituales religiosos, de la sabiduría del campo, del folclor y de prácticas de brujería ritual alrededor de fallecimientos, nacimientos o momentos riesgosos. El poeta Ovidio, romántico del iglo I, describió muchas de las costumbres de su época y fue el primero en utilizar la palabra ‘superstición’.

Para mí ha sido fascinante, desde niño, volver hoy la vista hacia el origen de esas supersticiones que nacen en el folclor. Por ejemplo, derramar sal anunciaba mala suerte; encontrar una herradura de caballo abandonada era sinónimo de buena fortuna; hallar una moneda era augurio de buena suerte; caminar debajo de una escalera traía mala suerte; le teníamos miedo al mal de ojo; romper un espejo, igual; encontrarse con un gato negro en el camino era terrible, y ni qué decir del número 13.

La historia nos cuenta que en ciertas ciudades del mundo no se construía el piso 13 en los edificios, ni se utilizaban habitaciones con ese número. Si veíamos una lechuza en la noche, salíamos corriendo a refugiarnos en la casa porque era tragedia segura. En los pueblos del departamento de Córdoba existía una creencia generalizada sobre un ave a la que llamaban ‘Yacabo’: si cantaba cerca de la casa, era seguro que alguien iba a morir.

Vivíamos en alerta, con una cauchera lista y armada con piedras a las que les habíamos puesto puntas filosas para deshacernos de ese pájaro convertido en diablo. Afortunadamente, nunca tuvimos que usarla, porque jamás apareció cerca de nuestra casa. El saber popular decía que solo aparecía en las noches.

Son innumerables las supersticiones. Muchas personas no creen en ellas; otras creen firmemente que existen. Cada quien tiene la libertad de creer o no creer. Yo no creo mucho en supersticiones, pero cruzo los dedos para que no me ocurra nada que perturbe mi tranquilidad y ruego a Dios que ese maldito pájaro ‘Yacabo’ nunca cante cerca de mí, porque quiero vivir muchos años.

No creo en supersticiones ni en brujas… pero que las hay, las hay.