La izquierda latinoamericana todavía no entiende por qué ha perdido tanto terreno. Por hábil que haya sido para difundir el relato de la lucha de clases, la evidencia de la violencia como generadora de pobreza es demasiado visible para ignorarla. El conflicto destruye infraestructura, ahuyenta la inversión, desvía recursos hacia la guerra, debilita las instituciones y empobrece a la población.

La pobreza facilita el reclutamiento de jóvenes por organizaciones criminales. Menos oportunidades producen más violencia y más violencia destruye oportunidades. Es el círculo vicioso de la guerra.

Existe también el contrario. La seguridad permite invertir, trabajar, comerciar y construir. El Estado puede dedicar más recursos a educación, salud e infraestructura. Aumentan los ingresos, aparecen oportunidades y disminuyen los incentivos para ingresar al crimen. Es el círculo virtuoso de la paz.

Por eso encuentra respaldo un gobierno decidido a combatir las organizaciones criminales. Durante 12 años se llamaron “actores del conflicto”, “rebeldes” o víctimas de la falta de oportunidades. Se buscó incorporarlos a la sociedad mediante negociaciones, beneficios y concesiones. Lo que se logró fue un narcotráfico poderoso con nuevas estructuras y expansión de la violencia.

La historia ofrece regímenes de todas las tendencias que consiguieron establecer el orden, algunos mediante métodos que ninguna democracia debería imitar. La lección no es que necesitemos una dictadura. Es exactamente la contraria: una democracia necesita un Estado suficientemente fuerte para garantizar la ley sin abandonar las libertades. La seguridad no es de izquierda ni de derecha.

Después de sus derrotas electorales, buena parte de la izquierda parece no haberlo entendido. En lugar de revisar sus posiciones, continúan recurriendo al calificativo de ‘fascista’ para cualquiera que defienda autoridad, Policía, Fuerzas Armadas o aplicación rigurosa de la ley. Combatir asesinos, secuestradores, extorsionistas y narcotraficantes no es fascismo. Es una de las obligaciones elementales del Estado.

La pobreza no siempre lleva a la violencia. Pero lo que la izquierda no reconoce es que invariablemente la violencia incrementa la pobreza. Ningún país ha prosperado convirtiendo a sus criminales en protagonistas políticos y a quienes hacen cumplir la ley en reos.