En medio de la horda de escándalos como el que salpica hoy al presidente Gustavo Petro por cuenta de su hijo Nicolás y de su exnuera Daysuris -y antes de ellos por el que desataron Laura Sarabia y Armando Benedetti-; de noticias estremecedoras como los asesinatos de la patinadora Luz Mery Tristán en Cali y del médico de Lorica Edwin Arrieta en Tailandia; de la incertidumbre por lo que sucederá en las próximas elecciones regionales y frente a la expectativa por la agenda del nuevo periodo legislativo, hay noticias que reconfortan el alma.
La de ayer vino por cuenta de las futbolistas de la Selección Colombia de Mayores, que se ganaron ya un cupo en la historia deportiva del país al clasificar a cuartos de final en el Campeonato Mundial femenino que se juega en Australia y Nueva Zelanda. También, porque conforman el único equipo de América que sobrevive en la competencia –por fuera quedaron Brasil y Estados Unidos, actual campeón- y como tal representa a todo el continente.
Llevamos ya varias alegrías en años recientes por cuenta de este grupo de mujeres guerreras, como se les llama te forma tan acertada y bonita.
Ellas, que la han luchado desde pequeñas, primero para que se les reconozcan individualmente sus capacidades para jugar el fútbol, y para que el país -en particular la dirigencia nacional del balompié- les dé el sitial que se merecen. Ellas, a quienes no ha sido posible que se les organice un campeonato profesional con todas las de la ley, durante todo el año como existe para los equipos masculinos. Ellas, en las que apenas comienzan a creer los patrocinadores, luego de años de mendigar para tener los recursos que permitan mantener vivo el fútbol local femenino, son quienes hoy nos llenan de satisfacciones.
Ya están entre las ocho mejores selecciones del mundo. Pero no solo eso: nombres como los de Linda Caicedo, Catalina Usme o Manuela Vanegas resuenan con fuerza en el contexto del fútbol femenino internacional, y con justo mérito, por lo que han hecho en este Mundial pero también por la carrera que se han labrado a punta de esfuerzo, de no desfallecer, de reclamar por sus derechos y porque se haga justicia con su deporte en el país.
Emociona ver a Linda, la hija de Candelaria en el Valle del Cauca, a sus 18 años, deslumbrando con su juego preciso, con su contundencia en la cancha, despertando admiración, convirtiéndose en figura del Real Madrid, y considerada ya una de las mejores jugadoras del mundo.
Para ella, como de seguro ha pasado con la mayoría de las jugadoras de la Selección Colombia en todas sus categorías, o con las que persisten en los equipos locales, o incluso las que apenas empiezan y sueñan con llegar a las grandes ligas en unos pocos años, la familia ha sido el pilar sobre el que se han levantado.
Porque sí, a esos papás, mamás, hermanas o hermanos de las futbolistas nacionales, profesionales o aficionadas, hay que agradecerles que crean en sus sueños y en sus habilidades, que luchen junto a ellas -a veces incluso sacrificando la economía del hogar- para que alcancen sus metas y sueñen con la gloria que sin duda se merecen.
A las futbolistas colombianas que hoy nos hacen soñar con que la copa del mundo viaje en sus manos hasta casa; a las Lindas, Catalinas, Manuelas en potencia que van tras sus metas así a veces parezcan imposibles de lograr; a las mujeres guerreras que se la juegan todo por salir adelante, ser mejores y convertirse en ejemplo para las demás, ¡Gracias! ¡Gracias! Qué orgullo son para Colombia.
El sábado madrugaremos de nuevo para acompañarlas y animarlas cuando se encuentren con Inglaterra.