Época siniestra y borrascosa la que se iniciaba en el año 90. Luis Carlos Galán Sarmiento, un apuesto joven de rostro imponente, había tomado la bandera de un Nuevo Liberalismo; y de modo impetuoso y gallardo recorría el país con sus calles y pueblos y convocaba a la juventud para dar inicio a una lucha renovada de conquistas sociales, que impidiera el dominio de los más intrépidos y agresivos exponentes del narcotráfico y de su dinero.

Era la época nefanda de los grandes carteles, entre ellos el de Pablo Escobar. Galán entonces un día, en el propio Medellín, con autoridad y vehemencia, le rechazó a éste su intención de sumársele al movimiento con aspiraciones de ser representante a la Cámara. Y a partir de ese momento no hubo nadie que no supiera que vendría la muerte brutal y despiadada del joven caudillo, cuya estampa recordaba la de un ancestro suyo, comunero de nombre José Antonio Galán.

Sí, así fueron esos días y esas horas. Tristes, desgarradores, desesperados. Galán ya era el candidato del liberalismo unido. Era mi amigo y compañero del congreso. Un día me presentó a un muchachito de unos veintidós años de nombre Germán Vargas Lleras, que era una especie de gran secretario, nieto del doctor Carlos Lleras, a quien mucho quería y admiraba Galán. La campaña en tanto estaba cohibida por los temores, mientras volaban con dinamita el edificio del DAS. Todo se había estancado y era el final del gobierno de Turbay, al que meses después habrían de sacrificarle a su hija Diana, encantadora y brillante mujer.

Galán sabía acerca de esas intenciones. José Blackburn, mi amigo, me contó detalles muy significativos de una llamada que recibió Luis Carlos en Nueva York en la que se le marcó la sentencia inexorable. Galán regresó y unos días después, lo invitaron a una manifestación en Soacha. Él tenía el coraje. Habría podido excusarse. Pero viajó por encima de todo, ignorando que sus escoltas habían sido cambiados. Y lo mataron disparando desde abajo para pasar las balas antes del protector que usaba... lo demás fue el camino de la muerte con escalas en los hospitales de la sabana sin capacidad de atenderlo. Galán quedó convertido en un símbolo del ideal truncado. Se diría aparentemente que los malos se habían impuesto. Pero no, porque por supuesto, Galán tiene las proyecciones de Lincoln.

En el Cementerio Central, ante el féretro, Juan Manuel Galán, un jovencito, pidió que se continuara la batalla y señaló como el que recibía la posta a César Gaviria Trujillo, quien juró ante los héroes y la historia que levantaría esa bandera hasta el triunfo.

Por allí quedaba igualmente un jovencito acendrado en su propio pensamiento democrático y en su capacidad de lucha, del que hablamos en el inicio de este comentario: Germán Vargas Lleras iniciando con ardor y palabra precisas lo que debía continuar siendo el futuro de esta nación. Lo asaltaron también a él, lo atentaron y hasta casi pierde del todo una mano.

Por cierto recuerdo que en un homenaje que le hicimos en el Club San Fernando de Cali a Vargas Lleras, cuando decía mis palabras, no pude dejar de recordar a un personaje inmortal de la antigua Roma: Cayo Muncio Escevalo. El asunto es que el rey Porcena, etrusco, había invadido la ciudad del Tíber. Cayo Muncio entró a su tienda y cuando el rey lo vió y mandó a arrestarlo, Escevalo se adelantó y puso su mano sobre la llama del fuego sagrado, donde dejó que se chamuscara sin inmutarse. Fue entonces cuando el propio Porcena lo rescató y se hizo un pacto por la patria ante tamaño heroísmo.

Vargas Lleras murió meditativo ante la situación actual. Su espíritu y su visión habían sopesado el grave peligro de un comunismo que se nos vino encima a base de mentiras y trapisondas y gasto exagerado del presupuesto público, con toda la demagogia auricular de que son capaces. Habría sido, sin duda alguna, el mejor candidato que hubiésemos podido tener. Pero los hombres venimos y nos vamos como las estaciones y los vientos.

Empero, señaló como un gran candidato a Abelardo de la Espriella. Yo por mi parte, como lo he dicho tantas veces, apoyo de entrada a Paloma -también he explicado por qué-. Pero por supuesto, aunque manos torcidas han tratado de dañar, si Paloma llegase a perder el segundo renglón para la segunda vuelta, estaré con gusto y orgullo por el colega costeño Abelardo, a quien admiro mucho y valoro como un gran hombre. Sería un gran presidente.