Columnistas

Colombia y el romántico prestigio del caos

Lo que vivimos no es solo el giro de un gobierno... Es la conversión de la política exterior en militancia emocional, donde la estrategia ha sido desplazada por el símbolo, la improvisación y la búsqueda incesante de validación ideológica.

GoogleSiga a EL PAÍS en Google Discover y no se pierda las últimas noticias

David Rosenthal
David Rosenthal. Columnista | Foto: El País

14 de may de 2026, 01:43 a. m.

Actualizado el 14 de may de 2026, 01:43 a. m.

Hubo un tiempo en que Colombia aspiraba a ser tomada en serio. No admirada —América Latina rara vez lo ha sido por el mundo desarrollado—, sino respetada como un país complejo pero predecible, consciente de que las alianzas estratégicas y la estabilidad institucional no son lujos: son herramientas de supervivencia. Ese país se aleja.

Lo que vivimos no es solo el giro de un gobierno. Es una metamorfosis más profunda: la conversión de la política exterior en militancia emocional, donde la estrategia ha sido desplazada por el símbolo, la improvisación y la búsqueda incesante de validación ideológica.

Durante décadas, Colombia cultivó una relación privilegiada con Occidente —Estados Unidos, Israel, Europa, las democracias liberales. No por ingenuidad ni sumisión, sino por una claridad elemental: las relaciones internacionales se construyen sobre intereses convergentes, cooperación técnica y credibilidad. No sobre impulsos de tribuna.

Hoy, en cambio, el país parece seducido por el romántico prestigio del caos.

En ciertos círculos latinoamericanos persiste una vieja fascinación estética por todo lo que desafíe a Occidente, aunque ese desafío venga de teocracias represivas, movimientos totalitarios o regímenes que aplastan a sus propios pueblos. Hamas deja de ser un grupo islamista con estatutos antisemitas y práctica terrorista documentada para convertirse en “resistencia”. Irán —una teocracia que cuelga homosexuales, apedrea mujeres y financia el caos regional— se vuelve “antiimperialista”. Cualquier enemigo de Washington o Jerusalén adquiere, por defecto, un aura de legitimidad.

Lo imperdonable, para esta lógica, no es la represión. Es parecer demasiado cercano al Occidente ‘hegemónico’.

Colombia ha comenzado a hablar ese idioma. La ruptura diplomática con Israel, anunciada en mayo de 2024, no fue solo un error táctico: fue una declaración cultural. Un mensaje de que el país prefiere el gesto épico a la utilidad concreta. Israel no era solo un socio diplomático; era un proveedor relevante de tecnología de seguridad, inteligencia, ciberdefensa, innovación agrícola y cooperación rural.

Romper esa relación en medio del deterioro de la seguridad interna —disidencias, ELN, multicrimen— no fue valentía. Fue irresponsabilidad geopolítica.

Pero el problema va más allá de un solo país o una sola ruptura. Lo verdaderamente inquietante es la banalización sistemática de la política exterior colombiana. La diplomacia se ha confundido con activismo performativo: se gobierna para la ovación inmediata, el aplauso de las redes y la viralidad moral. Pocas cosas resultan más peligrosas para una nación de tamaño medio que convertir sus relaciones internacionales en un ejercicio de narcisismo político.

Mientras el discurso oficial busca validación en foros radicales, la realidad interna habla otro idioma: caída sostenida de la inversión extranjera directa —más del 30 % acumulada en dos años—, debilitamiento institucional, expansión del crimen organizado y percepción creciente de riesgo país. El mundo observa, toma nota y ajusta sus cálculos.

América Latina tiene una larga tradición de embellecer el fracaso: convertir el caos en épica, el resentimiento en virtud, la confrontación permanente en identidad. Colombia resistió durante años esa tentación con relativo pragmatismo. Hoy parece rendirse de nuevo al hechizo del caudillo redentor y la superioridad moral revolucionaria.

La paradoja es cruel. Un país marcado por décadas de violencia política coquetea con discursos que glorifican la polarización. Una nación que sufrió el terrorismo en carne propia parece incapaz de identificar sus formas contemporáneas. Y una sociedad que soñó con integrarse al mundo desarrollado reemplaza la racionalidad estratégica por una diplomacia sentimental y errática.

Autonomía no es sinónimo de autodestrucción. Las democracias discrepan, critican y negocian — eso es saludable. La diferencia está entre ejercer soberanía con seriedad e inteligencia, y convertir la política exterior en una extensión emocional de las obsesiones domésticas.

Las naciones serias lo saben: la diplomacia no consiste en exhibir pureza moral ante una audiencia militante. Consiste en proteger, con frialdad y constancia, los intereses permanentes del país.

Colombia parece estar olvidándolo. Porque parte de su élite política e intelectual sigue enamorada, íntima e irremediablemente, del romántico prestigio del caos.

X: @rosenthaaldavid

Regístrate gratis al boletín de noticias El País

Descarga la APP ElPaís.com.co:
Semana Noticias Google PlaySemana Noticias Apple Store

AHORA EN Columnistas

Gonzalo Gallo

Columnistas

Oasis

Benjamin Barney Caldas

Columnistas

IA y ciudad