El País

Cali no puede acostumbrarse al miedo

Los caleños han demostrado, una vez más, que saben resistir unidos ante la violencia. Pero la ciudad no puede resignarse a vivir entre retenes, explosiones y zozobra.

GoogleSiga a EL PAÍS en Google Discover y no se pierda las últimas noticias

Atentado Terrorista Cantón Militar Pichincha.
Atentado Terrorista Cantón Militar Pichincha el pasado viernes 24 de abril. | Foto: Aymer Andrés Álvarez

13 de may de 2026, 01:00 a. m.

Actualizado el 13 de may de 2026, 01:00 a. m.

La resiliencia de los caleños merece reconocimiento. En medio de explosiones, fachadas destruidas, negocios quebrados y familias marcadas por el miedo, miles de ciudadanos siguen levantando las persianas de sus locales, enviando a sus hijos al colegio y saliendo a trabajar con la incertidumbre en el cuerpo. Lo hacen no porque no tengan temor, sino porque no tienen alternativa. La vida continúa, incluso cuando la violencia intenta detenerla.

Los testimonios de quienes viven y trabajan junto a estaciones de Policía, batallones y sedes de la Fuerza Pública en Cali revelan una realidad dolorosa: el miedo se volvió rutina. Personas que ya no soportan un estruendo, familias que viven mirando hacia todos lados, comerciantes que perdieron el patrimonio de toda una vida y vecinos que aprendieron a desconfiar de cualquier carro parqueado. Historias como las de Miguel Rodríguez, Andrea Marincano o Diego Armando, que se publicaron el pasado fin de semana en este diario, muestran que los atentados no terminan cuando se apaga el humo; sus consecuencias permanecen mucho después.

Sin embargo, esa capacidad de resistir no debe ser excusa para que el Estado normalice la situación. Cali no puede acostumbrarse a convivir con bombas, retenes improvisados y amenazas constantes de la disidencia Jaime Martínez de las Farc. La ciudad merece mucho más que reacciones temporales cada vez que ocurre un atentado.

El principal reclamo hoy debe dirigirse al componente de inteligencia. Resulta incomprensible que, pese a los antecedentes recientes y a las alertas permanentes, sigan ingresando vehículos cargados con explosivos o motocicletas bomba hasta zonas urbanas de alta circulación. Las autoridades tienen la obligación de anticiparse y prevenir, no solamente de reaccionar después de las detonaciones como la del pasado viernes 24 de abril.

También preocupa la intermitencia en los controles de ingreso y salida de Cali. La seguridad de una ciudad no puede depender de operativos esporádicos o de retenes que aparecen unos días y desaparecen otros. Los accesos a la capital del Valle deben estar custodiados las 24 horas del día. La ciudadanía necesita sentir que existe una estrategia sostenida y no medidas temporales.

Igualmente, es evidente que cerrar calles alrededor de estaciones de Policía y batallones no está resolviendo el problema. Los hechos recientes han demostrado que, aun con bloqueos y restricciones, las disidencias continúan ejecutando atentados. Limitar la movilidad de los ciudadanos puede generar una sensación de control, pero no reemplaza el trabajo de inteligencia.

No deja de ser admirable que, pese a todo, los caleños sigan apostándole a la ciudad. Que los comerciantes continúen abriendo sus negocios, que las familias no abandonen sus barrios y que muchos vecinos incluso se organicen para alertar sobre movimientos sospechosos.

Pero precisamente por esa valentía ciudadana, las autoridades no pueden bajar la guardia con el paso de los meses. La violencia no puede manejarse solo desde la reacción mediática posterior a cada atentado. Cali necesita acciones permanentes, inteligencia efectiva y presencia contundente del Estado antes de que ocurra la próxima explosión.

Regístrate gratis al boletín de noticias El País

Descarga la APP ElPaís.com.co:
Semana Noticias Google PlaySemana Noticias Apple Store

AHORA EN Editorial