Clemenceau fue un médico francés, periodista de estilo fuerte y agresivo, político que levantaba y volvía a caer y quien dirigió exitosamente al país durante la Primera Gran Guerra (1914-18).
Se diría que inició su gran batalla periodística en los finales del siglo XIX, cuando publicó un escrito de Émile Zola en el que este demostraba el crimen que se había cometido contra un capitán judío del ejército de nombre Alfred Dreyfus, condenado a pagar prisión en la Isla del Diablo. Fue un caso famoso, conmovedor, abusivo contra este por ser judío. Lo acusaban de haber colaborado con el enemigo alemán. El título del escrito en el periódico, impuesto por Clemenceau, recorrió el mundo: ‘J´acuse’. Fue así como lo llamaron desde entonces El Tigre.
Cuando terminó la Primera Gran Guerra, el Tigre Clemenceau dijo una frase, que ahora recuerdo con sorpresa, cuando hay otro Tigre, Abelardo de la Espriella, que se apresta a asumir el poder que ganó en una batalla bravía, marcada por un señor llamado Gustavo Petro, prevaricador del poder, gastando todos los recursos públicos a fin de perpetuar el dominio de su causa marxista-leninista. Es preciso observar que el señor Petro andaba en contubernio con gentes levantadas en armas -Calarcá y otras yerbas- bajo fórmulas secretas que hoy son conocidas; e hizo una abominable campaña en violación de la Constitución que le prohíbe actuar en política. Y lo hizo en busca de la retención del poder.
Coincidencialmente, aquel tigre legendario francés dijo entonces, cuando vencieron en la Primera Guerra Mundial:
“Nadie me quita el honor de haber ganado la guerra. Pero ahora me toca el trabajo más difícil: ganar la paz.”
Eso mismo hemos escuchado los colombianos de labios de nuestro nuevo presidente, el también apodado el Tigre. Para él quizás es más difícil que haber ganado la pavorosa contienda electoral, ganar la paz. Imprescindible. Así lo he pensado antes de iniciar su mandato. Paz a los violentos, que crecieron bajo los auspicios -demostrados- del señor Gustavo Petro en su programa de La paz total. Porque tenemos derecho a la paz no de los sepulcros, sino de la vida.
Petro ha intentado evadir la transmisión del mando el 7 de agosto y se ha inventado cuentos, después de haber evadido la documentación real en unos empalmes acomodaticios de un país que él ha quebrado, con la deuda pública más alta, la salud hecha trizas, el desempleo brutal creciendo, brincándose a su gusto las recomendaciones del Banco de la República y gastando desmesuradamente con engañifas que solo van a parar en campañas y movilizaciones de su causa, que es la misma del señor Iván Cepeda, comunista desde que nació y ahora se hace llamar el Filósofo.
Ah, cuánto engaño en un país que finalmente, aun con los ‘votos-fusil’, ha practicado la democracia y sigue creyendo en ella, como el único sistema viable de paz, justicia y progreso.
En los ultrajes al patrimonio público tampoco pueden olvidarse, por supuesto, los gastos de viajes inusitados del señor Petro, muchísimos, a los que sin inhibición invita a gentes que le traen alegrías bohemias y algo más. Ya se ha visto, inclusive en su última visita al Papa, pedida por él, y el juego que tuvo en los alrededores geográficos europeos.
Ahora ha dicho que desconoce la elección de De la Espriella e inventa un cuento, cuando todo el sistema legal electoral colombiano se ha cumplido. Y ha llegado a decir que el elegido es Cepeda. Y espera una movilización general el 20 de julio, citada por él y con los auxilios nacionales. Espera dar el golpe de Estado para que una movilización comprometida con dádivas y manjares lo respalde y dé el golpe.
Mentirosos ellos, falsos profetas que siembran el odio de clases y arruinan las empresas que tocan. Demagogia con ciertas cosas que él (Petro), como prestidigitador de la palabra, ensalza. Empero, no lo va a lograr y tendrá que hacer la entrega del mando, innecesaria cuando su período se ha vencido y entra en juego la alternancia presidencial, bajo la protección de las Fuerzas Armadas, ante las cuales se posesionará válidamente el presidente De la Espriella con el respaldo de las grandes mayorías de la democracia.