El sistema internacional avanza hacia una estructura de competencia implacable entre Estados Unidos y China. Ya no es una disputa meramente comercial: es tecnológica, militar, financiera y geoestratégica. Los países de tamaño medio deben aprender a moverse con inteligencia entre distintos centros de poder, pero moverse con inteligencia no es sinónimo de moverse sin brújula. El nuevo Gobierno tendrá ante sí una decisión que va mucho más allá de establecer buenas o malas relaciones con Beijing: debe preguntarse si la profundización del vínculo con China, heredada de administraciones anteriores, responde realmente al proyecto de país que hoy gobierna.
La respuesta exige honestidad. Durante los últimos años, Colombia dejó crecer una relación con China más por inercia que por diseño, sin medir sus costos políticos. China es hoy el segundo socio comercial de Colombia —un intercambio bilateral que en 2024 superó los 18.000 millones de dólares— y un gigante con capacidad para ejecutar infraestructura y dominar manufactura, tecnología, vehículos eléctricos y minerales críticos. Pero esa cifra esconde una asimetría que ninguna columna seria puede maquillar: Colombia le compra a China varias veces más de lo que le vende, y el déficit comercial ronda ya los 12.000 millones de dólares anuales. Esa dependencia no es solo económica; es también un vínculo con un régimen cuyo modelo político, económico y de gobernanza digital es estructuralmente ajeno —cuando no opuesto— al de una democracia occidental de mercado.
Sectores críticos —redes 5G, infraestructura digital, puertos, el propio Metro de Bogotá, inteligencia artificial— no pueden seguir analizándose bajo la lógica del menor precio en una licitación. En el Siglo XXI, la infraestructura estratégica es también infraestructura de poder, y quien la construye conserva, durante décadas, una llave sobre la soberanía del que la recibe. Un gobierno que reivindica la libertad de mercado, el alineamiento con Occidente y la defensa de la democracia liberal no puede, al mismo tiempo, entregar sus redes eléctricas o su conectividad digital a un Estado-partido que no comparte ninguno de esos principios.
La alternativa no es el aislamiento, sino la diversificación deliberada hacia socios que sí son coherentes con el proyecto político del país. Estados Unidos sigue siendo, y debe seguir siendo, el eje central: seguridad, inversión, tecnología e integración hemisférica. Pero existe además todo un abanico de economías afines —Corea del Sur, Japón, Israel, la Unión Europea, y crecientemente India— con las que Colombia comparte marco institucional, Estado de derecho y compromiso democrático, y con las que el comercio y la inversión pueden crecer sin las contrapartidas geopolíticas que exige Beijing. Israel, en particular, ofrece a Colombia algo que China no puede ofrecer: cooperación en tecnología agrícola, ciberseguridad y innovación bajo un marco de valores compartidos, no de dependencia estratégica.
Existe además una circunstancia geográfica que no debe usarse para justificar lo contrario: somos un país del Pacífico, y Buenaventura es un activo geopolítico nacional. Pero esa posición debe capitalizarse abriendo el Pacífico hacia socios democráticos de la región asiática —Corea del Sur, Japón, Taiwán— y no exclusivamente hacia Beijing.
Comprar productos chinos no convierte a un país en un peón de ninguna potencia, y romper relaciones sería un error. El peligro surge cuando las decisiones económicas generan dependencias que atan la autonomía política de un gobierno que ha decidido, con toda claridad, dónde está parado ideológicamente. Coherencia no es aislamiento: es alinear la política exterior con los principios que un gobierno dice defender.
El desafío exige una política de Estado, no una improvisación. Colombia tiene activos extraordinarios: dos océanos, biodiversidad, transición energética y una posición privilegiada frente al Canal de Panamá. Pero la geografía por sí sola no produce poder; hay que transformarla en estrategia, y la estrategia debe tener dirección ideológica clara.
El peor escenario sería seguir recibiendo instrucciones económicas de un socio cuyo modelo contradice el proyecto de nación que el país acaba de elegir. El mejor es consolidar la autonomía suficiente para negociar con firmeza y sin ambigüedades. Colombia no necesita romper con China de un día para otro. Necesita, por fin, escoger con quién quiere parecerse.
@rosenthaaldavid