Los sociólogos y los historiadores, muy celosos de ‘explicar’ los acontecimientos por sus ‘causas objetivas’, no se han preocupado mucho por tratar de entender cuál es el papel que juega la trayectoria individual y la situación emocional de las grandes personalidades en el desenlace de sus gestiones. Engels, un amigo de Marx, decía que si “un hombre como Napoleón no hubiera existido, otro cualquiera habría ocupado su lugar”. Nada más falso.

La Revolución Francesa se presentó ante el mundo como la abolición de los privilegios y como la ilusión de que cualquiera, sin trabas, podía llegar a ser lo que quisiera ser. Napoleón, un aventurero sin estirpe ni fortuna, de baja estatura y poca presencia, proveniente de la isla de Córcega, cuya lengua materna era el italiano (no el francés) -un verdadero advenedizo, arribista por más señas, ‘ciudadano de tercera categoría’- se convirtió en el gran emperador de los franceses no ‘a pesar de’ sí mismo, sino ‘a causa de’. Las características personales de este sujeto se convirtieron en un componente de la historia de Francia. La novela del Siglo XIX se inspiró muchas veces en este personaje, como el símbolo de una ‘sociedad abierta al éxito’ (Balzac, Sthendal, Dostoievski, entre otros). Hasta el supuesto tamaño de su miembro viril ha pasado a ser parte del imaginario colectivo.

Colombia no fue lo mismo después de Belisario Betancur, un descendiente de arrieros antioqueños que convirtió el ejercicio del poder en una ‘aventura colonizadora’ en busca de la paz. La ‘confusa trayectoria’ de Álvaro Uribe a su paso por la gobernación de Antioquía se convirtió en un factor fundamental del ‘bloqueo’ que vivimos. Otro ‘gallo cantaría’ en este país si los gobernantes hubieran sido sus contrincantes electorales (Alfonso López Michelsen u Horacio Serpa, respectivamente), cuyos estilos le habrían impreso otro rumbo a la vida nacional.

Algo similar ha ocurrido con Gustavo Petro, cuya personalidad, impredecible y voluble, ha marcado la vida política durante estos cuatro años. Muchas de las decisiones de este gobierno se han tomado en función de sus estados de ánimo y no de las circunstancias del país. La ‘salud mental’ es la cosa ‘peor distribuida’ que hay en el mundo, hasta el punto de que nadie se siente satisfecho con la que tiene. Pero lo mínimo a lo que podemos aspirar los ciudadanos de a pie es que nuestros gobernantes se comporten como adultos y no como niños o adolescentes. Nadie ‘supera’ los ‘dramas infantiles’ que definen su vida, pero sí puede aprender a manejarlos de manera racional y ética, sin que afecten a los demás.

Le propongo, pues, amigo lector, que a partir de estos criterios tome la elección más racional posible en las votaciones del próximo domingo. Por un lado, tenemos un candidato de la izquierda, que se presenta tranquilo y ecuánime, con una apariencia discreta, como se expresa en sus cortes de camisa, y que carga en su aspecto con la marca de ‘los de abajo’ y el dolor por el asesinato de su padre.

Por otro lado, un candidato de la derecha, altivo y arrogante, un genio para vender la ilusión de un ‘país milagro’, arropado en la imagen de una manada de tigres, que quieren arrasar y extirpar a los adversarios con el “uso de la razón o de la fuerza” si la primera no se impone. Los pantalones estrechos y hasta el tamaño de su pene se han convertido en un factor mediático, como ocurrió en el incidente con la periodista Laura Rodríguez.

El gobernante que llega al poder se convierte en un modelo de identificación, que no es ajeno a la trayectoria personal de su vida. Pero las preferencias de muchos electores no parecen preocuparse mucho por las características individuales y, sobre todo, éticas de los candidatos que se ofrecen: su rectitud, sus valores y la limpieza de su hoja de vida. Mucha gente no vota porque le sea atractivo un candidato, sino para evitar el triunfo del otro, porque el terror se ha apoderado de todo el mundo. No pensemos tanto contra quién estamos, sino con quién estamos. Y pongamos por encima de todo la consideración ética como criterio fundamental. En peores condiciones no podríamos estar.