Lo más desconcertante de lo que se vive en el mundo presente es que se perdió el mapa. La hoja de ruta se extravió y entonces cualquier cosa puede suceder. No hay norte… no existe un derrotero a seguir y pareciera que por lo mismo las contradicciones, las incoherencias, los olvidos, las mentiras, están a la orden del día. Y puede medir su desconcierto intentando contar cuántas veces al día se pregunta: “¿Cómo es posible?”, como si estuviera frente a fenómenos imposibles de creer. Y lógico de aceptar. Yo diría que, para no hacerse daño personal, hay que perder la capacidad de sorprenderse porque hoy por hoy todo es posible. Hasta el absurdo más grande, la estupidez mayor, el comportamiento más ridículo… todo es posible. La sorpresa es incompatible con la salud mental.
Perder la capacidad de sorprenderse es vivir con los pies puestos en la tierra, aceptando que el mundo no sabe para dónde va y, por lo tanto, cualquier cosa, cualquier situación, puede darse. Esperar algo del afuera, un resultado, un comportamiento, un aplauso, una caricia, un reconocimiento, es casi que matricularse en la desilusión, desde donde resopla la trillada “¿cómo es posible?”, o sea, la negativa para aceptar lo que se está viviendo. Pero llegamos a este punto de crisis o de caos porque el ser humano creyó que lo material, lo externo, la apariencia, debían mandar la parada. En búsqueda de la felicidad: ¿la cultura? ¿la razón? ¿el dinero? Prometieron que, si se cumplían ciertos pasos, si se seguían las instrucciones, la felicidad estaría a nuestro alcance. Lo que no fue cierto. Aun más, pareciera que cada paso en su búsqueda fuera un distanciamiento del objetivo. Eso es lo que estamos viviendo… la desilusión y la desesperanza porque el camino prometido no lleva al olimpo de la felicidad.
Qué paradoja, ninguno de los objetivos propuestos está dando resultado. Ni siquiera el sexo… la apatía sexual de ciertas generaciones es impactante. Se perdió el deseo, envolatado entre el trabajo, la rutina, la monotonía, el dinero, el control. Como si dijeran: “Tampoco era por aquí”. Valdría la pena contar la historia del hombre al que en la noche se le extraviaron las llaves y empezó a buscarlas en algún lugar donde hubiera luz. Para encontrarlas debía haber claridad. Después de un largo rato sin lograrlo, alguien se ofreció a ayudarle. Desesperado, el colaborador preguntó: “¿Pero aquí fue donde se le perdieron?” y respondió: “No, pero es que aquí es donde hay luz”.
Los humanos nos parecemos al señor de esta historia. ¿Dónde buscamos la felicidad? ¿Dónde queremos encontrar estabilidad, paz, sosiego? Por ello, los niveles de desconcierto emocional están alcanzando niveles de pandemia. Abundan los comportamientos absurdos disruptivos, que buscan una solución al sinsentido de la vida. Algunos de estos comportamientos pueden ofrecer respuestas porque plantean una opción de cambio. Otros impactan por absurdos, por descabellados, pero la angustia, la ansiedad, están llevándonos al precipicio.
Y aunque no parezca congruente con el tema, los resultados que esta semana se conocieron sobre educación refuerzan la idea de qué tan perdidos estamos, buscando las llaves donde haya luz, no donde realmente se extraviaron. Porque ni siquiera revisamos cómo se están formando las nuevas generaciones. El sinsentido de la vida, la falta de propósito, la carencia de trascendencia y espiritualidad son los disparadores de la desesperanza colectiva.
Y otro dato más, también de esta semana: el 10 de septiembre se celebra el Día Mundial para la Prevención del Suicidio, no para glorificarlo, sino para hacerlo visible. Porque desesperanza, mala educación, suicidio a la vista, frustración por la vida que vivimos, son el cóctel perfecto para la locura. ¿Cómo no desfallecer? ¿Cómo encontrar asideros? ¿Dónde están las llaves?