La propuesta del Escudo de las Américas busca coordinar la cooperación entre los Estados Unidos y varios países de la región para enfrentar a las organizaciones criminales. Varios funcionarios de la Casa Blanca han sostenido que el narcoterrorismo solo podrá ser derrotado mediante el poder militar. Esta arquitectura de seguridad es necesaria. Pero la historia ofrece una advertencia: los ejércitos tecnológicamente superiores han ganado batallas y, aun así, han perdido la guerra.

No existe mejor lección que la de Afganistán y, en particular, la retirada hacia Jalalabad. En enero de 1842, un jinete solitario apareció ante las murallas de la ciudad, herido y exhausto. Era el médico militar William Brydon. Semanas antes había partido de Kabul junto a una columna de cerca de dieciséis mil personas —soldados británicos, tropas indias, mujeres y auxiliares del imperio— convencidos de que la superioridad militar bastaba para dominar un territorio. De aquella campaña solo Brydon sobrevivió. No traía un mensaje. Era el mensaje.

La lección que los británicos aprendieron en el siglo XIX volvería a repetirse para la Unión Soviética en el siglo XX y, tras los atentados del 11 de septiembre, para Estados Unidos y una coalición de cuarenta países que en el siglo XXI desplegaron cerca de 130.000 soldados en Afganistán.

Aunque la geografía afgana —montañosa y desértica— es distinta, la advertencia para el hemisferio es la misma. Allí el territorio encierra; aquí el territorio conecta. Mientras en Afganistán las montañas aíslan valles y dificultan el movimiento, en América Latina la selva, los ríos interminables y los desiertos abiertos terminan conduciendo hacia las ciudades.

Desde la selva, el desierto o las llanuras, los corredores desembocan en puertos, aeropuertos y nodos logísticos donde mercancías, personas y capital circulan sin pausa.

El crimen organizado en el hemisferio moviliza más de 150.000 combatientes y controla corredores económicos que atraviesan varios países. Sus economías ilícitas generan decenas de miles de millones de dólares al año. Solo una organización criminal latinoamericana supera los 25.000 millones de dólares anuales, una cifra entre quinientas y ochocientas veces mayor que el presupuesto con el que Osama bin Laden sostuvo la red global de Al-Qaeda.

Decenas de narco-mercenarios en América Latina son exmiembros de fuerzas armadas de Estados Unidos, México, Colombia y varios países de Centroamérica, y muchos han acumulado experiencia en conflictos recientes en Ucrania y África. Conocen la doctrina militar, la lógica de la contrainsurgencia y adaptan con rapidez cualquier tecnología bélica que puedan adquirir, incluidas capacidades no convencionales.

El análisis de una presión militar apunta a varios escenarios posibles. En muchos casos, la decapitación de los carteles no los destruye: los fragmenta en redes más pequeñas, adaptativas y a menudo más violentas. En otros, la presión elimina a los grupos menores y permite la consolidación de organizaciones más grandes y poderosas. Y en los escenarios más complejos, si no se producen cambios doctrinales en las fuerzas armadas, algunas redes evolucionan hacia verdaderas insurgencias criminales capaces de ejercer control territorial, disputar la autoridad del Estado y penetrar profundamente sus instituciones y su sistema político.

Los resultados más favorables aparecen cuando la presión militar es constante —no intermitente— y se combina con inteligencia financiera, control logístico, cooperación judicial y un control efectivo de puertos, aeropuertos y corredores estratégicos. Ese enfoque implicará también, en algunos países, profundas transformaciones legales, especialmente en marcos jurídicos surgidos de procesos de negociación con actores armados. En la mayoría de los escenarios, la corrupción es el factor que puede reducir la eficacia de la estrategia hasta en un 40 %. ¿Está el Escudo de las Américas dispuesto a enfrentar ese reto?

Si ese esfuerzo no aborda problemas estructurales —corrupción, lavado de activos, erradicación de cultivos ilícitos con nuevas tecnologías, programas serios de sustitución de cultivos y reformas a los códigos penales— la historia sugiere un resultado distinto: como en Jalalabad, una victoria táctica podría transformarse en una derrota estratégica para uno de los ejércitos más poderosos del mundo.