Cuando crecen los muertos, muertos por armas blancas y de fuego, en noches que la costumbre milenaria y el recuerdo del Gran Justo que nació en Belén consagraron a la paz, no dejo de advertir que gran parte de los hombres ama matar por cualquier medio. Y ama la sangre del contrario y goza las heridas que rompen la garganta o el pecho de alguien desconocido y aun de sus parientes cercanos, repitiendo el delito de Caín. Es por eso que hoy en mi columna va un poema que compuse en una de estas noches y que, en cierta forma, recuerda un poco a Zalamea Borda en el Sueño de las Escalinatas. El lector me dispensará si soy crudo o si en verdad solo siento la injusticia que crece bajo el sol y atosiga la vida. Veamos el poema:
El sueño de las encrucijadas
Cuánto quisiéramos que los hombres fuésemos hermanos.
Que la niñez realmente fuere un canto de cisnes encantados
y se abrieran caminos donde todos llegáramos
con un toque de amor y un ramo de jacintos encantados.
Pero ah, el criminal se esconde huyendo de sí mismo,
y debe salir de su escondite a matar
entre sombras, sin que las rosas se conmuevan
ni dejen de sonreír los gavilanes.
El cobarde seguirá besando una mejilla;
y el más inteligente dará vuelo a sus ansias
en una encrucijada de alacranes.
No existe la palabra crueldad. Pero existe la furia
de enredaderas negras y de tigres hambrientos,
donde el dolor se esconde debajo de la sangre.
Tampoco es fácil de entender que en cada esquina muere
un hombre y un niño espera su propia puñalada.
Esta es la vida que se escapa en el azul crepúsculo
y en las fiestas carmesíes del ocaso.
¡Oh la luz! Que se levanta con el rugir de un cuervo.
Y aquella herida en lontananza que penetra en el alma.
No es fácil entender que la muerte acompañe al peregrino
en los momentos santos de su marcha.
Ni que la marcha sea una expiación
en busca de una palabra dulce que ponga a salvo su fracaso.
Es el camino del perdón en el que fluye la encrucijada
entre el bueno y el malo, y los sepulcros cárdenos.
Oh, que grato sería que todos fuéramos iguales,
y que el bien o el mal solo fueran un signo.
Que ninguno fuere el rico, ni los pobres sus hermanos.
Ah la culebra aciaga, ah el vendaval de infamias.
Ah la encrucijada del viento. Ah la furia de las humanas fieras.
Ah la pobreza andante. Ah la paz en el remolino de las tumbas
abiertas y cerradas, de mis sueños de azogue
y mis lejanos gritos en la madrugada.
Porque todo esto no es más que el sueño
de las encrucijadas, donde cada uno se pierde
sin saber el por qué existe el mal y el crimen,
si tú no debes nada. Solo la vida se torna culpable.
Sí, la vida que tratan de arrancar a puñaladas.