Cada tanto reaparece la idea de un nuevo orden internacional, pero la economía global continúa girando alrededor del mismo eje. Incluso en la zozobra de los últimos doce meses, cuando toca financiar proyectos, resguardar inversiones o destrabar conflictos complejos, el punto de referencia no se mueve y sigue siendo Estados Unidos. No responde a afinidades políticas ni a la escasez de relatos alternativos. Hasta hoy, ningún otro sistema ha logrado combinar reglas claras con la capacidad real de hacerlas respetar.
La mirada contestataria suele mostrar entusiasmo, y también cierta ingenuidad, frente a los Brics y otras fórmulas presentadas como alternativas y anticipo de un cambio profundo. Sin embargo, la integración internacional no se define en discursos ni en fotos protocolares, sino en la capacidad de sostener reglas cuando el riesgo aparece. No es un dato menor que, según cifras del Fondo Monetario Internacional, cerca del sesenta por ciento de las reservas internacionales del mundo continúen denominadas en dólares, que siguen funcionando como refugio frente a la incertidumbre.
Lejos de la decadencia, su andamiaje financiero continúa ordenando buena parte de la economía global. No es inmune a tensiones; basta recordar la crisis inmobiliaria de 2008 o las señales de desaceleración que vuelven a aparecer, pero ofrece algo escaso en el escenario internacional: escala suficiente, capacidad de absorción y reglas que efectivamente se cumplen. Por eso los grandes proyectos de infraestructura, energía o tecnología suelen estructurarse sobre contratos, seguros y marcos legales alineados con ese entorno.
Para entender mejor el contraste, conviene mirar dónde está la verdadera brecha, más aún en un mundo que hoy parece partirse en tres. De un lado, la tiranía expansionista de Putin; del otro, el creciente inmovilismo estructural de Pekín frente a los desafíos que se acumulan en China. La diferencia no pasa por el tamaño de las economías ni por la cantidad de habitantes, sino por cómo están construidas las reglas. Los países que integran los Brics no comparten un marco legal común, no operan dentro de un mismo circuito financiero ni cuentan con instancias ampliamente aceptadas para resolver disputas. Hay oportunismo político y coincidencias puntuales, pero eso no alcanza para sostener decisiones difíciles en el tiempo.
Hay un indicador que suele quedar al margen de los debates geopolíticos y dice mucho más de lo que parece. Año tras año, Estados Unidos se mantiene como el principal destino de profesionales altamente formados, sobre todo en ciencia, tecnología, finanzas y emprendimiento, según datos de Naciones Unidas. Es una elección basada en la expectativa de progreso, en la posibilidad de transformar ideas en proyectos y en la confianza en un entorno institucional que ofrece estabilidad y continuidad.
Nada es perfecto y el sistema estadounidense exhibe rasgos que pueden hacerlo ver desordenado, tenso y, a ratos, agotador, pero sigue funcionando cuando otros se traban. Contra la percepción extendida, sus reglas y sus mercados no dependen del ánimo de un gobierno de turno, y esa solidez de fondo, más que cualquier discurso, explica por qué continúa ocupando el centro.
No leo la política internacional como una contienda moral ni como una carrera por apropiarse del sentido de la historia. Se trata, más bien, de pragmatismo y sentido de oportunidad y, para países como Colombia, que buscan insertarse con realismo en la economía global, debería importar menos quién domina el relato y más quién ofrece un entorno donde invertir, trabajar, innovar y resolver conflictos sin que las reglas cambien a mitad de camino. Mientras no exista una alternativa comparable, el eje no se moverá.
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Claridades: Sobre el inmovilismo estructural en China, queda pendiente volver más adelante.
*Consultor internacional